
En Badalona finalizó el desalojo del antiguo edificio del instituto B9, donde durante dos años vivieron cientos de migrantes, en su mayoría de países del África subsahariana. El edificio quedó vacío, fue rodeado por una valla y se prepara para la construcción de una comisaría de policía. Sin embargo, las personas expulsadas de B9 no abandonaron la ciudad. Se establecieron a escasos metros de su anterior refugio — ahora su nuevo hogar es al aire libre, en una pequeña plaza entre edificios residenciales.
Por la tarde se reúnen aquí más de un centenar de personas. Se protegen en tiendas de campaña, algunos intentan calentarse junto al fuego, otros regresan con sacos de chatarra, que es la principal fuente de ingresos para muchos de ellos. La mayoría no tiene documentación, lo que les impide acceder a un trabajo legal o recibir ayuda estatal.
El campamento de tiendas
Al caer la noche, la plaza se convierte en un campamento improvisado. La gente comparte sus escasas provisiones, comenta las noticias y espera a ver qué será lo siguiente. Entre ellos está Younouss, un electricista de Senegal que antes fue uno de los líderes informales en B9. Afirma que el desalojo no solucionó el problema, sino que lo agravó: ahora las personas se quedaron sin condiciones básicas y nadie les ofrece una salida a la situación.
Las autoridades locales informaron sobre la exitosa liberación del edificio y prometieron impedir la aparición de nuevos asentamientos espontáneos. El alcalde Xavier Garcia Albiol declaró que no permitirá que los migrantes ocupen otras instalaciones ni las calles. Sin embargo, en la práctica ya existe un nuevo campamento y nadie parece dispuesto a controlarlo. Se estima que ahora quedan unas cuarenta personas en la plaza, mientras que el resto se ha marchado a ciudades cercanas o ha encontrado alojamiento temporal en otros lugares.
Reacción de los vecinos
Los residentes del barrio Sant Roc siguen la situación con preocupación y empatía. Algunos recuerdan que, al menos, en el edificio del instituto los migrantes tenían un techo, aunque en condiciones difíciles. Ahora se ven obligados a dormir en la calle, sin protección contra el frío y la lluvia. Una familia local afirma que la situación solo ha empeorado: «En el instituto era duro, pero aquí es aún peor».
Idriss, un guineano de 42 años, cuenta que antes en el B9 tenían cierta estabilidad: electricidad, agua, la posibilidad de cocinar y convivir. Ahora todo eso quedó atrás. La gente se ve obligada a sobrevivir en la calle, sin saber qué les deparará el día siguiente. Las autoridades no les han ofrecido ni alojamiento ni soluciones a largo plazo, y solo 17 de los antiguos residentes del B9 han recibido ayuda temporal.
Sin apoyo
La administración municipal no tiene previsto invertir en viviendas para migrantes. Quienes abandonaron el B9 antes del desalojo intentan asentarse en otras ciudades o buscan nuevos edificios abandonados donde poder vivir. Los que permanecen en la plaza esperan que la situación cambie, aunque reconocen que no pueden continuar así por mucho tiempo. El campamento de tiendas no resistirá ni el invierno, ni la lluvia, ni la indiferencia de las autoridades.
Idris afirma que no planean desaparecer: «No podemos simplemente esfumarnos. Muchos buscan otros locales en Badalona, pero hasta ahora no han encontrado nada». Entre los migrantes reina una sensación de completo abandono e indiferencia por parte de las autoridades. No creen que a alguien le preocupe su destino y siguen viviendo en la plaza, sin saber qué les deparará el día siguiente.












