
En el norte de España, lejos de las rutas turísticas más transitadas, se esconden verdaderos tesoros. Uno de ellos es Oriñón, un diminuto pueblo pesquero en Cantabria, rodeado por los imponentes acantilados de Cerredo y Candina. Es un rincón donde el tiempo parece fluir de otra manera, conservando la calma original y el encanto de las aldeas costeras. Solo viven aquí unas 150 personas, pero en verano la cifra se multiplica con la llegada de veraneantes, atraídos por el camping local y una de las playas más singulares de toda la región.
La mayor atracción de Oriñón es su playa de arena, que parece tener vida propia y cambia de forma constantemente debido a las mareas. Durante la bajamar, el mar se retira tanto que deja al descubierto una enorme extensión, permitiendo caminar hasta la playa vecina de Arenillas, en Islares. El recorrido transcurre entre pintunas dunas y la densa vegetación atlántica, generando una sensación de conexión total con la naturaleza. El ecosistema que surge de la unión de la playa, los humedales y la desembocadura del río Agüera sorprende incluso a quienes conocen bien la costa del Cantábrico. El río, al desembocar en el océano, forma un estuario de gran valor ecológico con flora halófila única y praderas húmedas.
No muy lejos del pueblo, en la zona de Sonabia, parte desde la ermita de la Virgen del Refugio un sendero que conduce hasta el cabo Cebolledo. Tanto los locales como los turistas conocen este lugar por otro nombre: la “ballena de Oriñón”. Un enorme peñasco que emerge del agua recuerda sorprendentemente a un gigante marino por su silueta. Este fenómeno geológico se ha convertido en un símbolo no oficial del municipio, y su imagen cobró especial relevancia tras un hecho insólito: en 1997, una auténtica ballena varó en esa misma playa. Al atardecer, el juego de luces y sombras sobre los flancos rocosos de este coloso crea una estampa inolvidable.
Sobre todo este paisaje se eleva la montaña Candina, que alcanza casi los 500 metros de altura. Sus laderas acogen la mayor colonia de buitres leonados de toda la costa cantábrica. Es un caso único en Europa: aves rapaces anidando tan cerca del mar. Numerosos senderos que serpentean por las paredes de piedra caliza ofrecen a los viajeros panorámicas espectaculares de la costa, desde Castro-Urdiales hasta Liendo. En la cima, se encuentran los arcos naturales de Llanegró, más conocidos como los “Ojos del Diablo”, que funcionan como miradores naturales desde los que se divisa el cabo, la playa y el inmenso mar. La ruta hacia los arcos parte desde las afueras de Oriñón o de Sonabia y recorre antiguos caminos mineros, donde aún se pueden ver restos de mineral de hierro y galerías abandonadas.
Después de un largo paseo, no hay nada mejor que recuperar fuerzas probando los platos de la gastronomía local. En los alrededores de Oriñón abundan los restaurantes que sirven pescado fresco del mar Cantábrico, rabas (calamares), mariscos en salsa marinera o cazuela de atún. También merece la pena probar las carnes a la brasa y los quesos artesanales elaborados en el valle de Guriezo. Llegar al pueblo es muy sencillo a través de la autovía A-8, que conecta Bilbao y Santander. Solo hay que tomar la salida de Guriezo–Oriñón. El trayecto desde la capital de Cantabria dura unos 40 minutos, y desde Bilbao, algo más de media hora.












