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Pedro Sánchez evita acusar directamente a Trump en los temas de Venezuela y Dinamarca

¿Por qué Europa guarda silencio ante Estados Unidos y quién se beneficia de ello

El presidente del Gobierno español responde con cautela a las acciones de Washington. Europa recurre a declaraciones diplomáticas. Las cuestiones de Venezuela y Dinamarca siguen sin respuestas claras.

En los últimos meses, la política exterior de España se ha situado bajo una atención especial. Pedro Sánchez, al frente del gobierno, ha adoptado una táctica poco convencional en su trato con la administración estadounidense. Sus declaraciones públicas sobre la situación en Venezuela y en torno a Dinamarca (especialmente sobre Groenlandia) se han caracterizado por una prudencia sorprendente. En ninguno de sus discursos mencionó a Donald Trump por su nombre, aunque era evidente a quién se refería. Esta diplomacia, en la que los nombres quedan fuera de escena, se ha convertido en la nueva norma en Europa.

En lugar de una confrontación abierta con la Casa Blanca, los líderes europeos, incluido Sánchez, han optado por una táctica de comentarios mesurados y comunicados oficiales que evitan las acusaciones directas. Parece un intento de no provocar innecesariamente a Washington, pero al mismo tiempo de no ceder en sus propias posiciones. Al final, da la impresión de que Europa simplemente espera a que pase la tormenta y prefiere no señalar culpables en voz alta.

Diplomacia del silencio

Esta estrategia quedó especialmente patente en el caso de Venezuela. El gobierno español condenó la intervención militar, pero sin señalar directamente a los responsables. Sánchez firmó varios comunicados denunciando la violación del derecho internacional, aunque el nombre de Trump nunca se mencionó. Esto se ha convertido en una especie de sello de la diplomacia actual: hablar del problema sin nombrar al principal protagonista.

Este enfoque genera interrogantes. Por un lado, permite evitar un enfrentamiento directo con Estados Unidos. Por otro, da la impresión de que Europa no está dispuesta a defender sus intereses hasta el final. En los pasillos de las capitales europeas cada vez se escucha con más ironía: «Simplemente no pronunciamos el nombre de quien amenaza». Sin embargo, la eficacia de esta política sigue siendo una incógnita.

La cautela europea

El caso de Dinamarca y Groenlandia fue similar. Tras las contundentes declaraciones de Washington sobre posibles reclamaciones territoriales, los líderes europeos se limitaron a comentarios moderados. Ninguno se atrevió a desafiar abiertamente al presidente estadounidense. Sánchez optó una vez más por formulaciones diplomáticas, evitando confrontaciones personales.

Como resultado, se da una situación paradójica: Europa condena las acciones, pero no señala a los responsables. Esto permite mantener la apariencia de unidad y evitar una escalada, pero al mismo tiempo debilita la confianza en la diplomacia europea. Muchos expertos consideran que esta estrategia no es más que un intento de ganar tiempo y no deteriorar las relaciones con Estados Unidos.

El nudo venezolano

Venezuela se convirtió en otro ejemplo de los dobles estándares. Sánchez condenó la intervención militar, pero evitó nombrar a sus autores. Además, cuando surgió la cuestión de la mediación entre el régimen y la oposición, el presidente español prefirió hacer declaraciones fuera del país, en París y no en Madrid. Esto pareció un intento de distanciarse del debate interno y trasladar la responsabilidad a la comunidad internacional.

La cuestión del reconocimiento de los resultados electorales en Venezuela también quedó sin una respuesta clara. A pesar de la victoria de Edmundo González, Europa, incluida España, no lo reconoció como presidente. La posición oficial fue que el poder real permanece en manos de Nicolás Maduro y que González es solo una figura simbólica. Sin embargo, en las declaraciones públicas de Sánchez se mencionaba el no reconocimiento del régimen de Maduro, lo que contrastaba con las acciones reales del gobierno.

El patrón se repite

La situación de los presos políticos en Venezuela solo evidenció aún más la ambigüedad de la diplomacia europea. Las declaraciones oficiales sobre la necesidad de su liberación ya se habían escuchado antes, pero no hubo cambios reales. Las formulaciones seguían siendo las mismas y el resultado, predecible. Da la impresión de que Europa, y especialmente España, prefieren no involucrarse de forma activa y se conforman con condenas rituales.

Todo esto sugiere que la actual política exterior de España es un equilibrio entre la necesidad de mantener buenas relaciones con Estados Unidos y el deseo de no perder prestigio en el ámbito internacional. Sánchez ha optado por una ruta de cautela, pero solo el tiempo dirá si será efectiva.

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