
En los últimos meses, los madrileños han notado que el acceso al embalse de El Atazar se ha vuelto imposible para los forasteros. El motivo son las estrictas medidas de seguridad implantadas tras una serie de intensas lluvias. Esta presa es un punto clave para la región, ya que suministra casi la mitad del agua potable de la capital y sus alrededores. Cualquier incidente aquí podría convertirse en una catástrofe para millones de personas.
El muro de hormigón de El Atazar alcanza los 125 metros de altura y, bajo tierra, se extienden kilómetros de túneles técnicos. El sistema es tan complejo que requiere la presencia permanente de especialistas. Tres turnos de ingenieros y personal de seguridad vigilan el estado de la presa las 24 horas del día. Tras las recientes tormentas, el nivel del agua en el embalse subió hasta el 80% de su capacidad máxima y, ahora, la liberación de agua se realiza con especial precaución: de forma manual y bajo el control de expertos. Cualquier intento de detenerse en la carretera M-133 provoca una alerta: suenan fuertes sirenas que advierten sobre la proximidad a una instalación estratégica.
Control manual y nuevas normas
El año pasado, el Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco) revisó las normativas de operación de todas las grandes presas del país. Ahora, El Atazar y otras instalaciones similares están oficialmente catalogadas como estratégicas, lo que implica requisitos de seguridad especiales. Todas las maniobras de apertura y cierre de los aliviaderos se realizan únicamente de forma manual, eliminando así el riesgo de hackeo de sistemas automáticos. Los técnicos emplean manivelas robustas para operar las compuertas y, tras cada liberación de agua, la información es enviada de inmediato a los servicios de emergencia y a las agencias hidrológicas.
Todo el recinto de la presa está dividido en zonas con distintos niveles de acceso. El ingreso de personas ajenas está completamente prohibido y cualquier actividad sospechosa es registrada por cámaras y sensores. Para inspecciones complejas, los ingenieros recurren a drones que detectan grietas o anomalías térmicas en áreas de difícil acceso. El mantenimiento y la modernización de las 13 presas de la región requiere una inversión anual de unos 2,5 millones de euros.
Tecnología y vigilancia permanente
La tecnología actual permite recopilar cientos de miles de datos sobre el estado de la presa. En El Atazar se han instalado alrededor de 700 sensores que miden presión, movimientos estructurales, temperatura y nivel de filtración del agua. Parte de esta información se recoge automáticamente, pero más de la mitad de los registros aún se realiza de forma manual. Este sistema posibilita detectar a tiempo las más mínimas anomalías y prevenir accidentes.
Para analizar el estado se emplean instrumentos clásicos: péndulos, sensores térmicos y tensiómetros especiales. Todos los datos convergen en el centro de control, donde los especialistas monitorizan la dinámica y deciden si es necesario liberar agua. En caso de amenaza de inundación o fallo técnico, los servicios de emergencia reciben la señal en cuestión de minutos.
El agua bajo control
Todo el sistema de abastecimiento de agua de Madrid depende del funcionamiento de El Atazar y otras presas gestionadas por Canal de Isabel II. Durante periodos de lluvias intensas, estas infraestructuras no solo suministran agua potable, sino que también protegen la ciudad de inundaciones regulando el caudal de los ríos. Actualmente, diez de las trece presas de la región se ven obligadas a liberar agua para evitar el desbordamiento. Las restantes, como El Pardo, operan solo para regular el flujo.
En febrero de este año se registró un volumen récord de agua pasando por las presas — hasta 400 metros cúbicos por segundo, lo que equivale a llenar una piscina olímpica en diez segundos. Gracias a ello, las reservas de agua superan el 86% de su capacidad máxima, lo que garantiza el suministro estable para Madrid durante al menos un año y medio.
La seguridad de las infraestructuras estratégicas es cada vez más relevante. Recientemente, en Cataluña se debatió la situación del sistema ferroviario cuando un fallo inesperado en la línea Rodalies en Barcelona provocó preocupación entre los habitantes locales y generó dudas sobre la solidez de la infraestructura. Incidentes como este destacan la importancia de un monitoreo constante y la preparación ante situaciones de emergencia.
En los últimos años, España se enfrenta a fenómenos meteorológicos extremos, lo que obliga a las autoridades a reforzar la protección de infraestructuras críticas. En 2023, en Andalucía, las lluvias torrenciales forzaron la liberación urgente de agua de varias presas para evitar inundaciones en las ciudades. En 2024, en Galicia, se implementaron nuevos protocolos de seguridad tras la detección de grietas en una de las presas más antiguas de la región. Estos acontecimientos demuestran que las tecnologías modernas y los estrictos controles son elementos esenciales en la gestión de los recursos hídricos del país.












