
A los españoles siempre les han cautivado las historias sobre la vida fuera de su país, especialmente en lugares de clima riguroso y costumbres inusuales. En los últimos años, cada vez más residentes en España contemplan la posibilidad de trasladarse a países nórdicos, con la esperanza de encontrar allí armonía y nuevas oportunidades. Sin embargo, la experiencia de quienes ya han dado ese paso suele ser menos sencilla de lo que parece a simple vista. La historia de Simone de Greef, una holandesa que lleva trece años viviendo en Islandia, ha generado debate en círculos españoles: ¿es realmente posible adaptarse a la vida en una isla donde la naturaleza impone sus propias reglas y la soledad adquiere matices inesperados?
Un cambio drástico
Simone de Greef no tenía intención de hacer cambios radicales. Su vida en los Países Bajos parecía estable: trabajaba en marketing, viajaba constantemente por trabajo y mantenía reuniones con clientes. Pero tras esa apariencia de bienestar se escondía una sensación de vacío. Los vuelos interminables, los hoteles y las negociaciones fueron apagando poco a poco su entusiasmo por la profesión. En un momento dado, se dio cuenta de que la rutina ya no le aportaba felicidad y el cansancio se había convertido en su compañero habitual.
La decisión de dejar el mundo corporativo no fue fácil. Simone optó por aprender fotografía y probarse como guía de viajes. Sus primeros viajes a Islandia fueron más un experimento que una elección consciente de una nueva vida. Sin embargo, según ella, fue precisamente la dura naturaleza islandesa la que lo cambió todo. Montañas, volcanes, extensiones infinitas: todo esto no solo inspiraba, sino que le llevó a replantearse su visión del confort y la soledad.
Una nueva realidad
Hoy en día, Simone llama hogar a Islandia. Su rutina tiene poco que ver con la vida típica de una emigrante: acompaña grupos turísticos, organiza rutas, relata historias y casi cada noche duerme en un hotel distinto. Ella define este estilo de vida, con ironía, como ‘un juego al aire libre’, ya que cada día trae nuevas experiencias, y tanto el clima como el grupo hacen único cada viaje.
Pese a los constantes desplazamientos, cuenta con su propia base: un apartamento en Reikiavik y una casa actualmente en remodelación. Además, Simone posee una residencia de verano a dos horas de la capital. Durante mucho tiempo vivió sola, pero nunca lo relacionó con sentimientos de soledad. Según ella, en Islandia todos se conocen y los amigos comunes siempre están cerca. Esa sensación de cercanía y apoyo fue para ella un descubrimiento inesperado.
Vida personal y cotidiana
Con el tiempo, la vida personal de Simone también cambió. Se casó con un islandés, un maestro fabricante de guitarras eléctricas, a quien conoció en un festival de música. Juntos pasan mucho tiempo en una casa de verano situada en un fiordo aislado, o emprenden expediciones a los rincones más remotos del país. Sin embargo, con los años, estos viajes se vuelven cada vez más difíciles y el aislamiento se siente más profundo.
No todo resultó perfecto en su nueva vida. Simone reconoce que echa de menos los productos holandeses habituales y la variedad de tiendas. En Islandia la oferta es limitada, los precios de la comida son altos y la base de la dieta sigue siendo el pescado y el cordero. Por eso, procura regresar a su país al menos dos veces al año para disfrutar de sus platos favoritos y de la atmósfera de las ciudades europeas.
Vecindad con los volcanes
Vivir en una isla exige una actitud especial ante los fenómenos naturales. En Islandia hay unos treinta volcanes activos y la amenaza de una erupción forma parte de la vida cotidiana. Simone lo toma con calma: si uno piensa constantemente en una posible catástrofe, sería imposible vivir aquí. Recuerda cómo una vez celebró su cumpleaños al pie de un volcán, con champán, salchichas y malvaviscos. El calor era tal que se quemó las cejas, pero para los locales esto es más bien una anécdota divertida que un motivo de alarma.
Historias como estas despiertan un gran interés entre los españoles, acostumbrados a otro ritmo de vida y a una percepción distinta del riesgo. Para muchos, mudarse a Islandia parece algo exótico, pero la experiencia de Simone demuestra que detrás de una aparente sencillez se esconde un mundo lleno de compromisos, alegrías inesperadas y decisiones complejas.












