
La tarde del lunes, los pasajeros catalanes volvieron a encontrarse en el epicentro del caos ferroviario. Primero, un descarrilamiento mortal en Gelida, y pocos minutos antes, otro incidente en el extremo opuesto de la red, entre Maçanet y Blanes. Por suerte, el segundo caso no dejó víctimas, pero las caras de quienes abandonaban los vagones lo decían todo: otro día, otra lotería de supervivencia en los trenes de cercanías de Cataluña.
En los últimos treinta años, la población de la región ha crecido en dos millones de personas. Sin embargo, la infraestructura ferroviaria parece haberse quedado anclada en el tiempo. En lugar de mejorar, hay constantes averías, cancelaciones de trenes y un sinfín de incidentes menores e incluso graves. Solo en los dos últimos años se han registrado más de seiscientos episodios de este tipo. Esto no son solo cifras; es la realidad diaria de cientos de miles de ciudadanos.
Pasajeros perdidos
Lo más sorprendente es que, a pesar del crecimiento poblacional y del aumento de la movilidad, el número de usuarios de los trenes de cercanías no deja de disminuir. En seis años, el sistema Rodalies ha perdido casi 43.000 pasajeros en días laborables. En 2018, más de 410.000 personas utilizaban a diario los trenes; para 2024, la cifra ha caído por debajo de 370.000. La gente prefiere aguantar atascos o pagar más por alternativas antes que arriesgar su tiempo y sus nervios en los trenes.
Ni siquiera los billetes gratuitos lograron recuperar la confianza en el ferrocarril. Muchos antiguos pasajeros no quieren volver, pese a cualquier promoción o promesa. Para ellos, el tren ha dejado de ser sinónimo de comodidad para convertirse en una fuente de estrés e incertidumbre. Y no es de extrañar: cada día trae nuevas sorpresas, que no siempre son agradables.
Promesas y realidad
En las últimas décadas, han cambiado numerosos gobiernos, tanto en Madrid como en Barcelona. Cada nuevo ejecutivo anunciaba grandes planes para modernizar el sistema ferroviario. Pero en la práctica, todo quedaba en declaraciones rimbombantes y contadas mejoras superficiales. Durante los años de gobierno del Partido Popular (Partido Popular), las inversiones quedaron prácticamente congeladas. Los socialistas prometieron invertir miles de millones, pero siempre se toparon con excusas de siempre: crisis económicas, priorización de las líneas de alta velocidad o la típica burocracia.
Como resultado, la red ferroviaria de Cataluña se ha convertido en un museo al aire libre. Los vagones y los rieles están desgastados, las estaciones son obsoletas y los sistemas de seguridad dejan mucho que desear. Incluso cuando finalmente aparecen los fondos, su ejecución llega con enormes retrasos. Se han perdido demasiados años y se han acumulado demasiados problemas.
El precio de la inacción
Hoy las autoridades anuncian el lanzamiento de un nuevo plan de inversión: 600 millones de euros para renovar las líneas, adquirir trenes y modernizar estaciones. Sin embargo, incluso los expertos más optimistas no esperan cambios rápidos. No es posible revertir las consecuencias de décadas de abandono en uno o dos años. Los pasajeros siguen enfrentándose a retrasos, cancelaciones y averías, y la confianza en el sistema cae a mínimos históricos.
La frustración crece en la sociedad. La gente está cansada de escuchar promesas y esperar cambios que nunca llegan. Cada nuevo incidente no es solo un fallo técnico, sino un golpe a la reputación de todo el sistema de transporte regional. Mientras las autoridades discuten prioridades, los habitantes de Cataluña se ven obligados a arriesgar diariamente su tiempo y su seguridad.
Mirando hacia el futuro
La red ferroviaria catalana ha quedado atrapada en los errores de su pasado. Incluso si hoy comienza una modernización masiva, los resultados tangibles tardarán años en llegar. Mientras tanto, los pasajeros van perdiendo la fe en el tren y optan por otros medios de transporte, aunque sean menos cómodos.
El caso de Rodalies no es solo un problema de transporte. Es un reflejo de la actitud hacia la infraestructura, las personas y el futuro de la región. Mientras sigan los accidentes en las vías y los trenes continúen llegando tarde, la pregunta sigue abierta: ¿cuánto tiempo más los catalanes soportarán este caos?












