
En la sala del tribunal de la provincia de Castellón continúa el juicio de alto perfil contra la secta que operaba en la aislada masía La Chaparra (La Chaparra de Vistabella). En el banquillo de los acusados se encuentran seis personas, entre ellas familiares del líder conocido como tío Toni (tío Toni), fallecido en prisión. Durante la vista, ocho expertos —médicos, psiquiatras, psicólogos forenses y criminólogos— presentaron los resultados de sus investigaciones, arrojando luz sobre la magnitud de los delitos y sus consecuencias para las víctimas.
Los peritajes confirmaron que dentro de la secta se produjeron abusos sexuales sistemáticos, incluso contra menores de edad. En el sumario figuran pruebas —rastros biológicos en los objetos incautados, así como testimonios de las víctimas. Se han documentado episodios de tocamientos forzados, uso de dispositivos sexuales, actos públicos y otras formas de violencia. Todo ello ocurría en un entorno de control absoluto y manipulación, donde se borraban los límites personales de los participantes.
Secuelas psicológicas y destrucción de la identidad
Psicólogos y psiquiatras que han trabajado con antiguos miembros de la secta señalan que muchos de ellos todavía no consiguen regresar a una vida normal. Las víctimas sufren graves consecuencias: ansiedad constante, problemas de conducta, dificultades en el ámbito íntimo e incapacidad para afrontar tareas cotidianas. Algunos deben someterse a tratamientos prolongados para intentar recuperar la percepción de sí mismos.
Los expertos prestaron especial atención al fenómeno de la llamada «pseudoidentidad». Bajo el estricto control ideológico impuesto por el tío Toni, las personas desarrollaban una personalidad nueva y artificialmente impuesta. Esto les permitía sobrevivir dentro del mundo cerrado de la secta, pero una vez fuera de este entorno, afrontaban una profunda crisis interna. Este proceso fue especialmente duro para los niños, quienes desde muy pequeños eran objeto de manipulación y se veían privados de la oportunidad de desarrollar su propia individualidad.
Valoración judicial y perfil de los acusados
Durante el proceso judicial, los especialistas también evaluaron a seis de los acusados. Según sus conclusiones, no se detectaron trastornos mentales ni patologías que pudieran explicar su implicación en los delitos. La mayoría llevaba una vida normal, sin mostrar signos de conducta desviada. Sin embargo, según la acusación, estas personas ayudaban al líder de la secta a llevar a cabo sus planes delictivos, convirtiéndose en cómplices necesarios en la realización de rituales y actos de violencia.
Resulta llamativo que muchos de los acusados niegan su implicación y rechazan los hechos recogidos en la acusación. Sin embargo, los expertos señalan: su capacidad de adaptación social y la conservación de una vida cotidiana contrastan drásticamente con el estado de las víctimas, cuya salud mental ha sido destruida.
Recuerdos de las víctimas y mecanismos de manipulación
Un psicólogo que trabajó con exmiembros de la secta recuerda su primer encuentro con siete víctimas: «Tenía delante a personas completamente quebradas, desorientadas, en estado de shock y con una profunda ansiedad». Durante ocho horas compartieron sus historias, reconstruyendo poco a poco lo que habían vivido. Más tarde, las entrevistas individuales permitieron confirmar la veracidad de los relatos y documentar el daño sufrido.
Como resultado, cuatro de ellos se atrevieron a denunciar a la policía. En ese momento todavía quedaban dos menores en la masía. Poco después de iniciarse la investigación, la policía llevó a cabo una operación para desmantelar la secta.
Casi todas las víctimas entrevistadas relataron múltiples formas de violencia: emocional, moral, económica y sexual. Muchos ni siquiera sabían lo que ocurría con los demás, ya que la estructura de la secta funcionaba por ‘capas’: cuanto más cerca del líder, más información se tenía. En el trabajo con el psicólogo, las víctimas fueron recordando traumas olvidados o reprimidos, sufrieron ataques de pánico, dudas sobre su propia cordura e incluso pensamientos paranoides. Todo esto son consecuencias habituales tras salir de un entorno de control mental absoluto.
Infancia vigilada y realidad artificial
Las consecuencias más graves se han detectado en los niños que crecieron en la secta. Sus recuerdos se dividen en dos etapas: primero, una infancia ilusoria, ‘ideal’, en la que el tío Toni asumía el papel de un padre atento, y luego, la adolescencia, cuando les inculcaban que las prácticas sexuales eran necesarias para el ‘crecimiento espiritual’ y la ‘sanación’. Los adultos adeptos también eran sometidos a este tipo de manipulación: carecían de tiempo libre y cualquier intento de pensamiento independiente era reprimido.
Los psiquiatras señalan que en estas condiciones la persona desarrolla una pseudoidentidad para adaptarse a un entorno hostil. Para los niños, esto se convierte en el único modelo de conducta posible, lo que conduce a graves consecuencias en la vida adulta.
La motivación de las víctimas y la ausencia de intereses materiales
Los expertos destacan que en ninguno de los casos se hallaron signos de simulación ni motivos egoístas. Las víctimas no buscaban un beneficio material; su objetivo era restaurar la justicia y conseguir el reconocimiento del daño sufrido. Para muchos de ellos, esta es la única forma de recuperar la dignidad perdida y seguir adelante con sus vidas.












