
En pleno corazón de Madrid, donde antes abundaba la vida de los vecinos, hoy quedan solo unos pocos resistentes que no quieren ceder sus viviendas ante la presión del negocio turístico. Mercedes Arnalde Barrera, que acaba de cumplir 67 años, vive en la calle Preciados con vistas a la emblemática Puerta del Sol. Su familia se asentó aquí antes de la Guerra Civil y, desde entonces, no ha abandonado estos muros, a pesar de todas las dificultades, incluyendo bombardeos y cambios de época.
Hoy en día, en los alrededores de la plaza del Sol, se puede contar a los residentes habituales con los dedos de una mano. Mercedes, exmédica jubilada a los 65, no imagina su vida fuera del centro de la ciudad. Sin embargo, los últimos años han sido todo un reto: alrededor surgen más pisos turísticos y en su edificio han abierto negocios de dudosa reputación, incluida una pensión ilegal e incluso un burdel en la planta baja. La mujer ha recurrido varias veces a las autoridades municipales, pero sus quejas no han recibido respuesta.
Los vecinos de Mercedes alquilan sus pisos a visitantes sin preocuparse por la tranquilidad de los que aún permanecen. El ruido, las fiestas constantes y la sensación de que el barrio se convierte en un decorado para turistas se han vuelto parte del día a día. La asociación de vecinos “Sol y Letras” intentó llamar la atención de las autoridades recogiendo miles de firmas, pero los cambios tangibles no han llegado.
No existen datos exactos sobre el número de pisos turísticos en el barrio, pero se sabe que su cantidad ha aumentado drásticamente en los últimos años. En 2018, los servicios municipales inspeccionaron más de quinientos edificios en el centro y descubrieron que en algunos de ellos ya no quedaba ningún residente permanente. Actualmente, las autoridades reconocen la existencia de 158 de estos pisos, sin embargo, según cálculos de las asociaciones, serían casi mil, lo que evidencia una total falta de control.
Mercedes no piensa abandonar su casa y exige que las autoridades refuercen las inspecciones, multen a los infractores y cierren los alojamientos ilegales. Ella ha sufrido presiones y ha visto cómo el barrio pierde sus comercios y servicios tradicionales, desplazados por negocios orientados al turismo. De todos los vecinos, es la única que utiliza la plaza de aparcamiento en la nueva parking de la plaza del Carmen.
No solo Mercedes lucha por su derecho a quedarse. Francisco Leandri y otros residentes de toda la vida tampoco se rinden, a pesar del ruido, las fiestas y la sensación de aislamiento. El ayuntamiento ha presentado un plan para limitar el crecimiento de los pisos turísticos, pero los vecinos consideran que las medidas son insuficientes y que los grandes inversores siguen comprando edificios enteros para alquilarlos a visitantes.
La situación en Sol amenaza con poner en peligro la idea misma de comunidad urbana. El barrio se está convirtiendo poco a poco en un escaparate turístico, donde casi no queda espacio para los locales. Carlota Cuesta, otra de las pocas vecinas de toda la vida, se ha convertido en símbolo de la memoria y la resistencia de quienes no están dispuestos a rendirse ante la presión del cambio.












