
En pleno corazón de la provincia de Soria, en el diminuto pueblo de Benamira, la vida se detuvo hace tiempo. Aquí, entre casas abandonadas y calles vacías, solo vive una persona desde hace 16 años: Fernando del Amo. Llegó siendo joven para ahorrar en el alquiler, instalándose en la casa de sus abuelos. Al principio pensaba quedarse solo unos meses, pero terminó quedándose años.
Desde entonces mucho ha cambiado. En el pueblo, donde antes bullía la vida, ahora reina el silencio. El último vecino de Fernando, el anciano Pedro, falleció, y ahora solo Fernando mantiene alguna actividad en el lugar. Reconoce que la soledad no le asusta, pero sí le causa amargura y tristeza. Cada vez que cruza la plaza vacía, recuerda cuánto esfuerzo invirtieron aquí sus antepasados y cómo todo eso estuvo a punto de desaparecer.
Problemas de supervivencia
El principal problema de Benamira es la falta de servicios básicos. La tienda y la farmacia más cercanas están en Medinaceli, a unos diez kilómetros. Para comprar alimentos o medicamentos, Fernando tiene que ir allí; y si necesita algo más importante —por ejemplo, ir al hospital o comprar en un supermercado—, tiene que viajar hasta Almazán, Sigüenza o la capital de la provincia, Soria, a casi 90 kilómetros. A veces pide productos por internet, pero aún así procura apoyar a las tiendas locales; sabe que si desaparecen, desaparecerá también el pueblo.
A pesar de todas las dificultades, Fernando no se desanima. Está convencido de que, si no se mantiene la vida en estos lugares, desaparecerán para siempre. Por eso, no solo lucha por sobrevivir, sino también por preservar las tradiciones, mantener el contacto con los pueblos vecinos y participar en actividades conjuntas.
La rutina rural
La vida en soledad tiene sus ventajas. Fernando ha creado su propio huerto, corre por las colinas cercanas y recoge setas. En la ciudad, simplemente no tendría ni tiempo ni ganas para eso. A veces organiza encuentros con habitantes de pueblos vecinos: juntos hacen concursos, cocinan y realizan competiciones deportivas. Recientemente, en Benamira se celebró por primera vez una carrera de montaña, en la que participaron 180 personas. En verano, los descendientes de los antiguos habitantes regresan y el pueblo cobra vida por un tiempo.
Fernando admite que echa de menos la comunicación constante, pero no se arrepiente de su elección. Según él, la vida aquí es más sencilla y tranquila, y la soledad, con el tiempo, deja de parecer algo aterrador. Sueña con que en Benamira vuelvan a vivir residentes fijos — al menos 15 o 20 personas — para que el pueblo no desaparezca del mapa.
Esperanza para el futuro
La historia de Fernando no es una excepción en España. Según las estadísticas, alrededor de 1.800 localidades del país tienen un solo habitante. Las causas: envejecimiento de la población, falta de empleo y aislamiento. Muchos de estos pueblos desaparecen, pero también hay quienes, como Fernando, no se rinden y siguen luchando por su tierra natal.
Mientras en Benamire haya al menos una ventana encendida, el pueblo seguirá teniendo esperanza de vida. Fernando no pierde la fe en que algún día la gente regresará y las calles volverán a llenarse de voces y risas.











