
En el sureste de Cantabria, entre colinas y valles, se esconde Vega de Pas, una localidad donde la vida sigue su propio ritmo. Este pueblo forma parte de las famosas «tres villas pasiegas», junto con San Roque de Riomiera y San Pedro del Romeral. Cada rincón aquí evoca el pasado: calles estrechas, edificios antiguos y monumentos destacados, entre los que resalta la iglesia de Nuestra Señora de la Vega, construida en el siglo XVII, y el singular sanatorio del doctor Madrazo, erigido en el siglo XIX.
Paseando por la plaza central, es fácil sentirse como un viajero en el tiempo. Las casas con balcones de madera y fachadas de piedra parecen conservar el espíritu de la antigua Cantabria. Pero el encanto especial lo aportan las tradicionales cabañas de pastores repartidas por los prados verdes. Estas construcciones de piedra con techos de losa servían antaño de refugio para el ganado y los pastores, que se desplazaban en busca de pastos frescos. Hoy forman parte inseparable del paisaje local y son símbolo de la identidad del valle.
Vega de Pas es un verdadero paraíso para quienes disfrutan del senderismo y las rutas de montaña. Los bosques cercanos, las laderas salpicadas de cabañas y los extensos prados crean el entorno ideal para descansar en plena naturaleza. El río Pas, que da nombre al pueblo, atraviesa estas tierras formando cascadas y rincones tranquilos donde es posible olvidarse del bullicio urbano y sumergirse en el silencio.
La gastronomía de este lugar merece una mención especial. Los dulces locales — sobaos y quesadas, elaborados con mantequilla, se han convertido desde hace tiempo en símbolo de la región. A ellos se suman los pequeños quesos, apreciados por su sabor intenso y su vínculo con la tradición. Para muchos viajeros, la cocina es la razón para quedarse aquí un poco más.
Pero no solo la naturaleza y la comida hacen de Vega de Pas un lugar especial. Aquí todavía se conservan antiguas costumbres que sorprenden a los visitantes. Por ejemplo, los saltos con pértiga —un antiguo entretenimiento similar al salto con garrocha— aún se practican durante las fiestas. Además, aquí se disfruta jugando a los bolos, una versión local del bowling que une a personas de todas las edades. Estas tradiciones evocan la sencillez y autenticidad de la vida que durante siglos ha definido el carácter de los pueblos pasiegos.











