
En la sociedad española actual, donde el anhelo de una vida larga y plena se ha convertido casi en una idea nacional, cada vez se presta más atención a prácticas que no solo prometen más años, sino también años llenos de energía y salud. En este contexto, el nombre de Xuan Lan, reconocida autoridad en el mundo del yoga y el bienestar, suena cada vez con más frecuencia. Ella propone mirar esta disciplina milenaria desde una nueva perspectiva, afirmando que su verdadero valor no reside en la promesa de la inmortalidad, sino en la capacidad de transformar radicalmente nuestra existencia aquí y ahora.
Según ella, el yoga no es simplemente un conjunto de ejercicios físicos. Es un sistema integral que combina movimiento, técnicas de respiración, meditación y una filosofía de vida. Este enfoque permite alcanzar una profunda conexión entre mente y cuerpo. La persona aprende a escuchar mejor las señales de su organismo—cansancio, tensión, desequilibrio emocional—y a responder a ellas de forma preventiva, sin esperar a que se desarrollen enfermedades. Estamos acostumbrados a separar el cuidado de la salud mental y física, pero en realidad forman un solo mecanismo interconectado, donde una falla en una parte inevitablemente afecta a la otra.
Además, sumergirse en los aspectos espirituales de la práctica le abrió el camino hacia el autoconocimiento y le ayudó a descubrir lo que en Japón se denomina «ikigai»: el sentido de la vida. Estudios realizados en Okinawa, una de las regiones con mayor concentración de personas longevas en el mundo, han demostrado que el secreto de su longevidad no reside solo en la alimentación saludable, la actividad física y el bajo nivel de estrés. El componente más importante es precisamente la existencia de ese «ikigai». Cuando cada día tiene un propósito, surge una poderosa motivación para vivir y actuar.
¿Influye entonces el yoga en la longevidad? Xuan Lan está convencida de que no existe un elixir directo de la juventud en esta práctica, pero sí es un aliado potente en la búsqueda de calidad de vida. La práctica regular ayuda a reducir factores clave de riesgo: insomnio, sedentarismo y, lo que es aún más relevante, el estrés crónico. El estrés prolongado mantiene elevados los niveles de cortisol en sangre, lo que con el tiempo debilita el sistema inmunológico y nos vuelve más vulnerables a diversas enfermedades. El yoga, mediante la respiración consciente y los movimientos suaves, activa el sistema nervioso parasimpático, responsable de la relajación y la recuperación del organismo. Así, crea las condiciones ideales para mantener la salud y la vitalidad, contribuyendo de manera indirecta a la longevidad.
A medida que envejecemos, mantener la fuerza muscular, la movilidad y el equilibrio se vuelve fundamental. En este sentido, el yoga ofrece herramientas eficaces. Las asanas (posturas) que utilizan el propio peso corporal ayudan a preservar la masa muscular y la densidad ósea. Los estiramientos mejoran la flexibilidad y la movilidad articular, mientras que los ejercicios de equilibrio previenen caídas, una de las principales amenazas para las personas mayores de 50 años.
Igualmente importante es el trabajo mental. Las prácticas de atención plena y meditación, elementos esenciales del yoga, enseñan a mantener la calma y a estar presentes en el momento. Esto no solo reduce la ansiedad, sino que también mejora la memoria, la concentración y la estabilidad emocional. Además, el yoga permite afrontar emociones difíciles como el miedo al envejecimiento, la soledad o el dolor por una pérdida. Brinda un espacio seguro para vivir y transformar estas emociones, mientras que las clases en grupo fomentan el sentido de comunidad y apoyo.
Se puede empezar a cualquier edad: 50, 60 o incluso 70 años. Es importante comprender que el yoga no es un deporte, aquí no hay competencia por resultados ni posturas acrobáticas complicadas. La práctica se adapta fácilmente a cualquier condición física. Para notar los beneficios, basta con una rutina corta diaria: unos minutos de respiración consciente, diez minutos de movimientos suaves y cinco minutos de relajación. La clave es la constancia. Esfuerzos pequeños pero regulares transforman la vida mucho más que entrenamientos intensos y esporádicos.












