
El problema de la despoblación rural, conocido como la «España vacía», afecta a numerosas regiones del país, y la provincia de Cuenca no es una excepción. Entre sus cientos de municipios, hay uno que destaca por su singular destino. Se trata de un pequeño pueblo cuya lista de habitantes se ha reducido al mínimo, convirtiéndolo en el municipio menos poblado de la provincia. Situado en el corazón de la comarca Alcarria conquense, a orillas del río Vindel, guarda las historias de generaciones pasadas.
Es Arandilla del Arroyo, un lugar donde, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística para 2024, viven oficialmente solo 14 personas: siete hombres y siete mujeres. Mientras en Madrid, Barcelona o Valencia la vida bulle, aquí reina un silencio abrumador, solo interrumpido por el canto de los pájaros y el susurro de las hojas. Esta localidad se ha convertido en un símbolo viviente de la crisis demográfica que atraviesan las zonas interiores de España. La mayoría de sus habitantes ha superado ya los 70 años y aquí no se ve gente joven.
Retrato de un pueblo que desaparece
Arandilla del Arroyo se encuentra a unos 74 kilómetros de la capital provincial, Cuenca. Rodeado de paisajes pintorescos, el pueblo ofrece a sus escasos habitantes una vida tranquila y apacible, alejada del bullicio de las grandes ciudades. Aquí, el tiempo parece transcurrir más despacio. Las calles están vacías y muchas casas llevan tiempo abandonadas, con sus ventanas mirando al mundo con un silencioso reproche. Los muros de piedra de las antiguas construcciones guardan la memoria de épocas en las que la vida bullía, nacían niños y sonaban risas.
La realidad actual es silencio y soledad. Para quienes buscan escapar del ruido y el estrés urbano, este lugar puede parecer un paraíso. Sin embargo, detrás de esta imagen idílica se esconden también dificultades: la ausencia de tiendas, centros de salud y otros servicios básicos que para un habitante de la ciudad son cotidianos. Vivir aquí es una elección diaria por la naturaleza y la paz, pero también implica renunciar a muchas comodidades de la civilización.
Ecos del pasado: cuando aquí la vida florecía
La historia de Arandilla del Arroyo se remonta siglos atrás. En el siglo XVII, estas tierras vieron nacer al célebre pintor barroco Pedro Ruiz González. Ya en el siglo XIX, era un pequeño pero autosuficiente núcleo rural. La aldea contaba con unas cuarenta casas, una iglesia parroquial en funcionamiento y hasta su propia escuela primaria. Su economía dependía completamente de la agricultura: los vecinos cultivaban trigo, producían vino, practicaban la apicultura y también cultivaban cáñamo.
Curiosamente, hasta 1916 el municipio se llamaba simplemente Arandilla. El añadido “del Arroyo” (que significa “del arroyo”) se incorporó para evitar confusiones con otras localidades homónimas en España. A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la población se mantuvo estable, rondando los 200 habitantes. El punto de inflexión llegó en la década de 1960. La industrialización y la búsqueda de mejores oportunidades en grandes ciudades como Sevilla o incluso en la capital regional, Toledo, provocaron un éxodo masivo. En tan solo una década, el pueblo perdió más de la mitad de sus habitantes y este proceso ya resultó imparable.
La realidad de vivir: ventajas y desventajas del aislamiento
Vivir hoy en Arandilla del Arroyo significa disfrutar de una naturaleza casi intacta y de la armonía. La vida cotidiana sigue un ritmo pausado, y los pocos vecinos, que se pueden contar con los dedos, se conocen entre sí y forman una gran familia. Aquí, la calidad de vida no se mide por la cantidad de servicios disponibles, sino por el contacto directo con el entorno, el aire puro y la preservación de tradiciones centenarias.
A pesar de la limitada infraestructura, el pueblo no está completamente aislado del mundo. En aproximadamente una hora en coche se puede llegar a Cuenca o Guadalajara, donde se encuentran disponibles todas las comodidades de la vida moderna. Esta cercanía a los grandes núcleos urbanos permite a los habitantes combinar un estilo de vida tranquilo y apartado con la posibilidad de acceder a los servicios de la ciudad cuando lo necesiten. Arandilla del Arroyo sigue viviendo, aunque a su propio y especial ritmo, permaneciendo como un testigo silencioso de los grandes cambios que atraviesa la sociedad española.












