
El nombre de la ciudad de Santander no es solo una referencia geográfica, sino la clave para comprender su identidad única y sus paradojas históricas. Detrás de este nombre se oculta no solo el recuerdo de antiguos mártires, sino también una profunda capa de transformaciones culturales y políticas que han marcado el destino de la capital de Cantabria. Para los habitantes y visitantes, conocer esta historia no es una formalidad, sino una parte cotidiana de la vida que se refleja en su arquitectura, tradiciones e incluso en los nombres de las calles.
Raíces antiguas
Santander se levantó sobre el emplazamiento de un puerto romano que antaño se conocía como Portus Victoriae. Este puerto fue el punto de partida en la formación del núcleo urbano alrededor del cual se desarrolló la vida a lo largo de los siglos. Ya en la Edad Media, la ciudad ganó peso como importante centro comercial, y su puerto conectaba España con el norte de Europa. En el siglo XIII, Santander recibió privilegios oficiales que consolidaron su relevancia en la región. Sin embargo, fueron precisamente las reliquias religiosas las que definieron no solo la dimensión espiritual, sino también el destino político de la ciudad.
Santos y reliquias
El nombre de Santander tiene su origen en el culto a dos mártires: Emeterio y Celedonio. Estos soldados romanos, que se convirtieron al cristianismo, fueron ejecutados por su fe a principios del siglo IV. Según la tradición, sus reliquias fueron trasladadas al norte de España durante las invasiones árabes, cuando los cristianos buscaban refugio y nuevos centros de referencia. Alrededor del santuario que albergaba las reliquias surgió un asentamiento cuyo nombre fue evolucionando: de Sancti Emeterii a Santender y, finalmente, al actual Santander. Algunos documentos medievales recogen otras variantes, como Sant Andero, lo que dio pie a versiones alternativas sobre el origen del nombre relacionadas con el culto a San Andrés. Sin embargo, fue la memoria de los mártires Emeterio y Celedonio la que sentó las bases de la identidad de la ciudad.
Pruebas y renacimiento
Santander ha enfrentado varias catástrofes que pudieron haberlo hecho desaparecer. La más devastadora fue el incendio de 1941, que destruyó el centro histórico. La ciudad tuvo que resurgir literalmente de las cenizas, y esta experiencia solo fortaleció su espíritu. En el siglo XX, Santander se transformó en un moderno centro turístico y cultural, sin perder el respeto por sus raíces. Hoy conviven aquí antiguos monasterios, universidades modernas y animados paseos marítimos, mientras la memoria de los mártires sigue viva en las fiestas y símbolos de la ciudad.
Cambio de nombre e identidad
Hasta 1981, la región se conocía oficialmente como la provincia de Santander. Solo con la aprobación del estatuto de autonomía recuperó su nombre histórico, Cantabria, en un acto de restitución cultural. Esta decisión no solo subrayó la singularidad del territorio, sino que permitió a sus habitantes replantearse su pertenencia a una antigua tradición. Sin embargo, la ciudad de Santander permanece como símbolo de continuidad y de vínculo entre épocas, y su nombre es un recordatorio de la compleja y dramática historia de la región.
Vida contemporánea
Hoy en día, Santander es una ciudad donde pasado y presente se entrelazan a cada paso. Aquí conviven antiguos templos con espacios culturales innovadores. Los habitantes locales se sienten orgullosos de su herencia, y los visitantes destacan la atmósfera especial que combina tranquilidad, belleza natural y el dinamismo de la vida urbana. Sus playas, parques y la famosa bahía hacen de Santander uno de los lugares más atractivos para vivir y disfrutar en el norte de España.
Los santos Emeterio y Celedonio, cuyos nombres dieron origen al de la ciudad, fueron legionarios romanos que abrazaron el cristianismo a pesar de la amenaza de muerte. Su martirio se convirtió en símbolo de firmeza y fe, y el culto a sus reliquias influyó en la formación no solo de Santander, sino de todo el norte de España. En la vida moderna de la ciudad, su memoria se refleja en fiestas, nombres de calles e incluso en la arquitectura, recordando que la historia de Santander es no solo pasado, sino parte viva de su presente.












