
En el corazón de la comarca aragonesa del Maestrazgo, en la provincia de Teruel, se encuentra Mirambel, una localidad que a menudo es considerada una de las joyas más subestimadas de España. Es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, conservando intacta la atmósfera medieval. Por su excepcional estado de conservación, Mirambel ostenta desde 1980 la categoría de Bien de Interés Cultural (Bien de Interés Cultural) y ha sido galardonado con el prestigioso premio europeo Europa Nostra por su cuidado del patrimonio arquitectónico.
El pueblo está completamente rodeado por murallas construidas en el siglo XIII por los caballeros templarios. Se conservan hasta hoy cinco portales que dan acceso al interior. La entrada principal, conocida como Portal de las Monjas (Portal de las Monjas), está decorada con una singular celosía de yeso. Es precisamente por este acceso que se llega al casco histórico, donde las estrechas calles empedradas crean un auténtico laberinto. La ausencia de elementos modernos en la arquitectura permite sumergirse por completo en el pasado.
Dentro de las murallas, Mirambel presenta un conjunto de casas señoriales con escudos en las fachadas, balcones de forja y aleros tallados. Entre los edificios más destacados sobresalen la Casa Consistorial (Casa Consistorial), la casa de la familia Aliaga (Casa Aliaga) y, por supuesto, el convento de las Agustinas (Convento de las Agustinas). Cada edificio aquí no es solo un monumento arquitectónico, sino un testimonio vivo de siglos de historia.
Un lugar especial en la historia de Mirambel lo ocupa el monasterio fundado en el siglo XVI. Sus monjas llevaban una vida recluida, y su única ventana al mundo era precisamente la reja en la Puerta de las Monjas, desde donde podían observar lo que ocurría fuera permaneciendo invisibles. Aunque la comunidad se trasladó en 1980 y el monasterio quedó vacío, sus muros, celdas y archivos siguen conservando el espíritu de épocas pasadas.
Mirambel no es solo un monumento arquitectónico, sino también un ejemplo de desarrollo sostenible en el entorno rural. Con una población de poco más de cien habitantes, el pueblo ha logrado preservar su identidad gracias a iniciativas culturales y al impulso de un turismo que respeta la historia local. Los paisajes montañosos que lo rodean son ideales para practicar senderismo y ciclismo, y las localidades vecinas, como Cantavieja o La Iglesuela del Cid, permiten continuar explorando el legado templario de la región.












