
En el norte de España, en pleno corazón de la península ibérica, los arqueólogos han realizado un hallazgo que podría cambiar nuestra comprensión de la vida de los cromañones. En la cueva de Martinarri, oculta entre densos bosques de robles, se ha descubierto un gran mortero de piedra cuyo origen se remonta a unos 14.000 años. Según los investigadores, este artefacto fue utilizado por los antiguos habitantes de la región para procesar bellotas, un alimento que resulta haber tenido un papel mucho más relevante en la dieta de los primeros humanos de lo que se pensaba hasta ahora.
Científicos de la Universidad del País Vasco (Universidad del País Vasco) realizaron un análisis detallado de los restos orgánicos conservados en la superficie del mortero. Los resultados fueron sorprendentes: entre las partículas microscópicas se identificaron restos de bellotas de roble, lo que indica su uso frecuente como alimento. Este descubrimiento no solo arroja luz sobre los hábitos gastronómicos de los cromañones, sino que también plantea nuevas incógnitas acerca de cómo procesaban y cocinaban productos vegetales en la Edad de Piedra.
Detalles del hallazgo
El mortero de piedra hallado en Martinarri impresiona por sus dimensiones: 34 centímetros de largo, 32 de ancho y 15,5 de alto. Su peso supera los 15 kilogramos. Los arqueólogos señalan que este objeto probablemente sirvió en un inicio como molino de cereales, pero posteriormente fue modificado para otros usos. En su superficie se conservan señales características de desgaste, evidencia de un uso prolongado a lo largo de los años.
Junto al hallazgo principal se encontró otro objeto de piedra: un pequeño majadero, de tamaño ideal para usarse con el mortero. Sus dimensiones son 7,6 por 5,2 por 4,1 centímetros. El estudio conjunto de estos dos artefactos permitió reconstruir el proceso de elaboración de las bellotas: se trituraban, se molían y, posiblemente, se sometían a un tratamiento adicional para eliminar el sabor amargo.
Alimentación de los cromañones
Durante mucho tiempo se creyó que la dieta de los cazadores-recolectores del Paleolítico era mayoritariamente a base de carne. Sin embargo, nuevos datos obligan a replantear este estereotipo. En situaciones en las que los alimentos de origen animal no estaban siempre disponibles, los cromañones aprovechaban activamente los recursos del bosque. Las bellotas, a pesar de su amargor, se convertían, tras un tratamiento especial, en una valiosa fuente de carbohidratos y grasas.
Los paleobotánicos señalan que los hallazgos de restos orgánicos de alimentos vegetales en asentamientos de la Edad de Piedra son muy poco frecuentes. Normalmente, estas evidencias se conservan solo en forma de fitolitos o granos de almidón, que pueden encontrarse en herramientas o en el cálculo dental de antiguos humanos. En el caso de Martinárriz, los investigadores lograron identificar precisamente estos microrestos, lo que fue un verdadero hallazgo para el equipo de investigación.
Comparación con otras regiones
Es interesante notar que existen pruebas similares del consumo de bellotas en otras partes del mundo. Por ejemplo, en China, en la cueva Fuyan, los arqueólogos hallaron granos de almidón de bellota en el sarro dental de personas prehistóricas. En Italia también se encontraron restos de plantas trituradas en herramientas de piedra pertenecientes tanto a neandertales como a los primeros cromañones.
Estos datos confirman que el procesamiento y consumo de bellotas era una práctica común entre los antiguos europeos. En algunos casos, incluso elaboraban una especie de harina a partir de ellas, que luego utilizaban en la preparación de alimentos. Este método permitía diversificar la dieta y aportar los nutrientes necesarios en épocas de escasez de carne.
Tecnologías de procesamiento
El proceso de preparación de las bellotas para el consumo era bastante laborioso. Primero se recolectaban, después se trituraban cuidadosamente en un mortero de piedra, y posteriormente, posiblemente se remojaban o se sometían a tratamiento térmico para eliminar las sustancias amargas. Solo entonces las bellotas eran aptas para el consumo.
Los arqueólogos destacan que estos hallazgos evidencian el alto nivel de adaptación de los cromañones al entorno. No solo sabían cazar, sino que también aprovechaban de manera eficiente los recursos vegetales, lo que les permitía sobrevivir en las duras condiciones climáticas del Paleolítico Superior.
Por si no lo sabías, la Universidad del País Vasco es uno de los principales centros científicos de España, especializada en investigaciones arqueológicas. En los últimos años, sus investigadores han realizado aportaciones significativas al estudio de las culturas prehistóricas de la península ibérica. Sus descubrimientos son frecuentemente debatidos en la comunidad científica y despiertan interés entre el público general. Martinarri es solo uno de los muchos yacimientos donde los arqueólogos españoles siguen desvelando los misterios de la vida de los pueblos antiguos.












