
Casas vacías, calles cubiertas de maleza y un silencio roto solo por el viento: así lucen hoy algunos rincones de Cáceres donde antes la vida era bulliciosa. Estos lugares se han convertido en testigos involuntarios de los cambios que trajo la segunda mitad del siglo XX. Cada pueblo tiene su propia razón para desaparecer: unos quedaron bajo el agua, otros se vaciaron por transformaciones económicas y algunos no sobrevivieron a catástrofes históricas. Sin embargo, todos forman parte de la historia de la región, una historia imposible de borrar de la memoria.
Granadilla
Granadilla es, probablemente, el ejemplo más conocido entre los asentamientos abandonados de Cáceres. A mediados del siglo pasado, el pueblo vivió una auténtica tragedia: la construcción del embalse Gabriel y Galán obligó a sus habitantes a dejar sus casas. La ironía es que el agua nunca llegó a inundar el pueblo, pero la gente ya no regresó. Desde entonces, Granadilla se convirtió en una ciudad fantasma, donde el tiempo parece haberse detenido. Hoy recibe turistas que pasean por sus murallas, visitan el antiguo castillo y sienten la atmósfera de una época pasada.
Almansa
Almansa, que no debe confundirse con la ciudad homónima de Albacete, apareció en el mapa en los años 50 como un proyecto agrario experimental. Aquí se construyeron casas modernas, se prometía empleo estable e infraestructura, algo poco común en la España de posguerra. Sin embargo, tras la muerte del principal impulsor y una serie de decisiones fallidas, el asentamiento fue decayendo lentamente. Para los años 70, las calles quedaron vacías y los edificios empezaron a derrumbarse. Hoy Almansa es un silencioso recordatorio de lo rápido que pueden desaparecer incluso los proyectos más ambiciosos.
Talavera la Vieja
Talavera la Vieja, o Talaverilla, se alzaba antaño a orillas del Tajo y conservaba huellas de la civilización romana. El destino de este lugar quedó sellado en 1963, cuando comenzó el llenado del embalse de Valdecañas. Todo el pueblo quedó sumergido y los habitantes tuvieron que abandonar sus hogares. Algunos monumentos, como el pórtico romano, lograron ser rescatados y trasladados a otras ciudades. En los años de sequía, cuando el agua baja, las ruinas de Talavera reaparecen en la superficie, como fantasmas del pasado.
Vadillo
Vadillo, situado en el valle del Jerte, estuvo estrechamente vinculado a la historia de Plasencia. Tras la Guerra de la Independencia, el pueblo quedó casi completamente destruido, y las epidemias y problemas de agua hicieron imposible su reconstrucción. Durante un tiempo, Vadillo incluso obtuvo el estatus de municipio independiente, pero los conflictos constantes y la falta de perspectivas condujeron a su abandono definitivo. Hoy, los restos del pueblo forman parte de las afueras de Cabezuela del Valle, donde solo las ruinas y los viejos topónimos recuerdan su pasado.
La Atalaya
La Atalaya es uno de los núcleos abandonados más antiguos de Cáceres. Su historia se remonta al periodo musulmán, cuando aquí se alzaba una torre de vigilancia. Tras la Reconquista, el pueblo pasó de unas manos a otras: reyes, nobles y órdenes militares lo controlaron. Con el tiempo, el lugar perdió su valor estratégico y los habitantes abandonaron sus casas. Actualmente, La Atalaya es una propiedad privada en el municipio de Montehermoso, donde apenas se distinguen vestigios de la vida pasada.
Granadilla es un ejemplo único de asentamiento español que no solo vivió un éxodo masivo, sino también un renacer como enclave histórico y cultural. Tras décadas de abandono, comenzó su reconstrucción y poco a poco se transformó en un museo al aire libre. Allí se organizan visitas, programas educativos e incluso festivales, lo que llama la atención sobre el problema de la desaparición de pueblos en toda España. Granadilla se ha convertido en símbolo de cómo preservar la memoria del pasado y dar nueva vida a lugares olvidados.












