
París se encuentra en el centro de la atención tras un delito de audacia sin precedentes. A plena luz del día, un grupo de desconocidos perpetró un asalto al Louvre, uno de los museos más vigilados del mundo. En solo siete minutos, desaparecieron nueve piezas invaluables de la Galería de Apolo, incluida una reliquia vinculada con la aristócrata española Eugenia de Montijo, última emperatriz de Francia. El robo recordó a una superproducción de Hollywood, ejecutada con una precisión y frialdad asombrosas.
En la mañana del domingo, cuando las salas del museo ya se llenaban con miles de visitantes, la banda de delincuentes puso en marcha su plan. Según la policía francesa, se trataba de un grupo bien organizado. Llegaron en scooters al ala del museo junto al Sena, bloquearon la calle con conos de obra y, usando una grúa camuflada como camión, accedieron por una ventana de la galería. En ese momento, se realizaban trabajos de mantenimiento en esa parte del edificio y, ya en junio, empleados del museo habían expresado preocupación por la reducción de personal de seguridad.
Armados con sierras circulares, los asaltantes enmascarados entraron fácilmente, cortando el cristal de la ventana. Su objetivo fue la vitrina 705, donde se guardaban las joyas de los monarcas franceses. Actuando con precisión quirúrgica, abrieron dos expositores y se apoderaron de nueve obras maestras de la joyería. A las 9:40, apenas siete minutos después de empezar la operación, los ladrones ya abandonaban el lugar del crimen, perdiéndose en el tráfico matutino de París en sus scooters antes de la llegada de las primeras patrullas policiales.
Entre lo robado estaba la famosa corona de Eugenia de Montijo, granadina y esposa de Napoleón III. Esta magnífica pieza, creada en 1855 por el joyero Alexandre-Gabriel Lemonnier, está adornada con 1.354 diamantes y 56 esmeraldas. Sin embargo, el destino de esta reliquia resultó inesperado. Poco después del robo, fue hallada abandonada bajo una ventana del Louvre con daños menores. Al parecer, los delincuentes dejaron caer este tesoro millonario en su huida. A lo largo de la historia, esta corona ya vivió numerosas peripecias: tras la caída del imperio, fue devuelta a la emperatriz exiliada, quien la legó a la princesa María Clotilde Bonaparte. En 1988, fue vendida en subasta por 13,5 millones de dólares y, cuatro años después, donada al Louvre.
La lista de tesoros perdidos, que ahora se buscan en todo el mundo, es impresionante. Además de la corona, también desaparecieron otras joyas pertenecientes a Eugenia: una diadema con 212 perlas y casi dos mil diamantes, así como un gran lazo para el corsé creado por su joyero personal, François Kramer. Además, los delincuentes se llevaron un collar y unos pendientes de esmeraldas —regalo de bodas de Napoleón a María Luisa de Austria—, la tiara de la reina María Amelia y el famoso broche-relicario con dos diamantes únicos, obsequiados al rey Luis XIV por el cardenal Mazarino. Irónicamente, uno de los diamantes más famosos del mundo, el ‘Regente’, que se conserva en el Louvre, no interesó a los ladrones.












