
En el corazón de la provincia valenciana de Castellón, lejos del bullicio de la costa, se esconde una pequeña ciudad donde el tiempo parece haberse ralentizado. Jérica, rodeada de imponentes montañas y bañada por las aguas del río Palancia, es una auténtica estampa de la España medieval. Su perfil, modelado por los siglos, desciende por la ladera coronada por las ruinas de una antigua fortaleza árabe del siglo XIII. Es un destino imprescindible para cualquier amante de los viajes auténticos.
Pasear por el casco histórico de Jérica es adentrarse en un laberinto de estrechas calles empedradas que serpentean entre casas de piedra con tejados de teja. Cada giro revela nuevas perspectivas: pequeñas plazas, fachadas antiguas que conservan el espíritu de la arquitectura popular. Sobre todo este conjunto dominan los restos de la antigua fortaleza, que antaño ofrecía una defensa segura y hoy regala impresionantes vistas panorámicas de toda la comarca del Alto Palancia. La historia se percibe en cada rincón, desde la época del dominio musulmán hasta las huellas de la Reconquista cristiana, grabadas en la piedra.
Entre las joyas arquitectónicas destaca especialmente la Torre de la Alcudia, conocida también como la Torre del Campanario. Construida en el siglo XVII, es uno de los pocos ejemplos conservados del estilo mudéjar en la Comunidad Valenciana. Esta elegante torre de ladrillo rojo, visible desde casi cualquier punto de la ciudad, se ha convertido en su símbolo indiscutible. Su diseño único y su valor histórico atraen a expertos en arquitectura de todo el país. Muy cerca se pueden encontrar otros vestigios del pasado: la ermita de San Roque, la antigua iglesia de Santa Águeda y fragmentos de las murallas que alguna vez protegieron el descanso de los habitantes.
Un recorrido cultural por Jérica estaría incompleto sin visitar la iglesia del Cristo de la Sangre, realizada en sobrio estilo neoclásico, y el Museo Municipal. Sus salas albergan hallazgos arqueológicos y exposiciones etnográficas que narran la vida y las tradiciones de los habitantes locales a lo largo de los siglos. Tampoco hay que dejar de lado la nueva iglesia de Santa Águeda, donde se conserva una interesante colección de reliquias parroquiales que completa la visión sobre el rico legado espiritual de la región.
Pero Jerica no solo fascina por su historia. La naturaleza ha sido generosa con estos parajes. El ejemplo más destacado es el paraje de Vuelta de la Hoz, un pintoresco meandro que el río Palancia ha labrado a través de la roca, abriéndose paso entre las montañas. Este lugar, de una belleza única, es ideal para caminatas, picnics familiares e incluso escalada en las paredes verticales del valle. En los alrededores también se pueden encontrar un crucero gótico cubierto, antiguas trincheras de la Guerra Civil y corrales tradicionales que recuerdan la profunda conexión del pueblo con la vida rural.
La gastronomía es también una pieza clave del viaje. La estrella de la cocina local es el “pastel jericano”, un refinado postre de hojaldre, crema de limón, merengue y glaseado de chocolate. Se puede degustar en cualquier época del año, aunque alcanza especial popularidad durante las fiestas de febrero en honor de Santa Águeda. Además, la región es conocida por su aceite de oliva y por sus excelentes cerezas, cuyos árboles en flor convierten los huertos cercanos en un verdadero espectáculo natural en primavera.
Visitar Jerica es la oportunidad de desconectar del bullicio de las grandes ciudades y disfrutar del tranquilo ritmo de la España rural. Aquí, cada detalle —desde el castillo árabe y las calles empedradas hasta los paisajes y la repostería tradicional— se conjugan para dejar una impresión única e inolvidable. No es un destino de turismo masivo, sino un auténtico tesoro que conserva su alma y su identidad.












