
Santiago de Compostela atrae cada año a cientos de miles de peregrinos que buscan llegar a su imponente catedral. Sin embargo, alejada de las rutas habituales, en un tranquilo meandro junto al río Sar, se alza una construcción cuya historia y apariencia pueden asombrar incluso al viajero más experimentado. Se trata de la colegiata de Santa María la Real de Sar, un edificio que desafía literalmente las leyes de la física. Su interior provoca una impresión casi surrealista: las bóvedas y columnas de piedra presentan una inclinación notable, casi dramática, como si estuvieran detenidas en pleno derrumbe. No se trata de una ilusión óptica, sino del resultado de siglos de lucha entre la arquitectura y la naturaleza.
La fundación de este notable templo se remonta al siglo XII. La iniciativa de su construcción partió de Munio Alfonso, uno de los allegados al influyente arzobispo Diego Gelmírez, figura clave en la historia de la ciudad. Inicialmente, aquí se estableció una comunidad de agustinos y, durante los siglos posteriores, el monasterio jugó un papel significativo en la vida espiritual de la región. Sin embargo, la elección del lugar para levantar un edificio tan monumental resultó fatídica. El terreno pantanoso y poco estable junto al río no soportó el peso de la estructura de piedra. Con el tiempo, los cimientos comenzaron a hundirse, lo que llevó a una inclinación paulatina y alarmante de las estructuras de soporte.
Los arquitectos de épocas posteriores hicieron todo lo posible para salvar el edificio de la destrucción total. Para reforzar los muros, se construyeron contrafuertes macizos que aún hoy sostienen las paredes románicas desde el exterior, creando una silueta única e inolvidable. Tras un periodo de decadencia, el monasterio cobró nueva vida en el siglo XVIII. Durante la época barroca se llevaron a cabo importantes reformas que renovaron el interior de la iglesia y el claustro, el patio interior. Esta combinación del austero estilo románico con la exuberante decoración barroca da al lugar un encanto especial, permitiendo rastrear su compleja historia grabada en piedra.
Además de su drama arquitectónico, este lugar está envuelto en leyendas. Una de las más conocidas, relacionada con el Camino de Santiago, relata la historia de una gobernante pagana que, tras convertirse al cristianismo, donó su palacio para fundar un monasterio. Según la tradición popular, ella misma se convirtió en su primera abadesa. Esta historia añade un aire místico a la ya enigmática atmósfera de la iglesia, donde cada piedra parece estar lista para contar su propia historia.
En 1895, el valor histórico y cultural del edificio fue reconocido oficialmente, convirtiéndose en el primer monumento de Galicia en recibir el estatus de Monumento Nacional. Hoy no es solo un templo en funcionamiento, sino también un importante centro cultural. Cuenta con el museo MuSar, donde se exhiben artefactos hallados durante los trabajos de restauración. Los visitantes pueden ver fragmentos del claustro románico original, esculturas góticas y elementos de la decoración barroca. Visitar este complejo permite descubrir otra faceta, menos ceremonial, de Santiago y sentir el auténtico espíritu medieval conservado en sus muros irregulares.












