
En las tierras del noroeste de España, donde las colinas verdes se entrelazan con las brumas del Atlántico, aún existen rincones que parecen salidos de antiguas leyendas celtas. Son espacios donde la naturaleza y la fe humana han dado lugar a algo verdaderamente único. Uno de estos lugares corona la cima de una colina boscosa, en silencio y soledad, cautivando la imaginación con su aspecto singular. Aquí, un pequeño santuario surge literalmente de la roca maciza, desafiando los cánones arquitectónicos convencionales.
Se trata de la ermita de la Asunción de la Santísima Virgen, situada en la cima del monte Castelo, en el municipio de Salvaterra de Miño. Este templo, erigido sobre los restos de un antiguo castro romanizado, está integrado en un gigantesco bloque de granito, lo que le confiere un aspecto absolutamente singular. Para acceder, hay que atravesar un pórtico de piedra con arco apuntado, coronado por un pequeño campanario. Según las inscripciones encontradas en la propia estructura, parte de la ermita fue construida ya en el siglo XVIII, aunque intervenciones posteriores —como en 1923— terminaron de conformar su imagen actual.
En el interior, los visitantes son recibidos por la penumbra y la frescura de la piedra. Llaman la atención los relieves grabados en las paredes: figuras serpentinas y marcas en forma de herradura, situadas cerca del altar. Estos símbolos han dado lugar a muchas interpretaciones, remitiendo tanto al pasado pagano de esta tierra como a las creencias locales. La tradición popular conserva cuidadosamente una leyenda: en el techo del santuario hay una cruz que no se puede borrar — siempre vuelve a aparecer. Este mito refuerza aún más el aura enigmática que envuelve este lugar, venerado por muchos como un punto de fuerza y atracción espiritual.
Agrega aún más intriga la suposición de que bajo el altar se esconde una cueva antigua, directamente relacionada con el pasado precristiano de la montaña. Esta hipótesis refuerza el estatus histórico y sagrado de esta construcción tan peculiar, convirtiéndola no solo en un objeto religioso, sino en un auténtico palimpsesto, donde a través de la simbología cristiana emergen creencias mucho más antiguas. No es solo un edificio, sino un verdadero nodo energético, donde la historia se entrelaza con la mitología.
Se puede rodear el monasterio por el perímetro, lo que permite apreciar plenamente la magnitud del monolito rocoso que lo protege de los vientos, y disfrutar de las impresionantes panorámicas del valle del río Tea desde el mirador. Llegar aquí es sencillo: al pie de la colina hay un pequeño aparcamiento, desde el cual un cómodo sendero lleva hasta el santuario. El paseo dura solo unos minutos, pero las sensaciones perduran mucho tiempo. Es un lugar donde se puede sentir el aliento de la eternidad y acercarse a los misterios de la tierra gallega.
En definitiva, la ermita de Salvaterra de Miño es uno de esos escasos monumentos que impresionan no tanto por sus refinamientos arquitectónicos, sino por su atmósfera, su misticismo y su total armonía con el entorno. Es una parada obligatoria para quienes valoran la belleza intacta, el patrimonio cultural y buscan en los viajes algo más que simples paisajes bonitos.












