
En el corazón de los valles verdes del norte de Navarra, a escasos kilómetros de la frontera con el País Vasco, se esconde un lugar donde la naturaleza, la tradición y la historia se entrelazan en una sola identidad. Así es Areso, un pequeño municipio con poco más de 300 habitantes, que ha sabido conservar su esencia rural intacta. El pueblo, agrupado alrededor de una antigua iglesia, despliega una arquitectura tradicional donde destacan casas con escudos y construcciones agrícolas con balcones de madera y tejados a dos aguas, testimonio del mestizaje cultural entre ambas regiones.
Al llegar aquí, se tiene la sensación de que el tiempo se detuvo varias décadas atrás. Las montañas que rodean el entorno, cubiertas de hayedos y robledales, en otoño se transforman en un auténtico cuadro, tiñéndose de tonos dorados y ocres. Para los viajeros, este rincón se convierte en un verdadero refugio lejos del bullicio urbano, invitando a disfrutar de la naturaleza sin aglomeraciones de turistas. Su ubicación, entre el valle de Larraun y la comarca guipuzcoana de Tolosaldea, le aporta un valor estratégico y un carácter único.
Areso pertenece a esa Navarra verde y montañosa que, en otoño, regala algunos de los paisajes más impresionantes del norte del país. Los bosques de los alrededores se convierten en un mosaico vivo de colores, atrayendo a fotógrafos y a quienes disfrutan de paseos tranquilos. Los alrededores del macizo de la Sierra de Aralar son un paraíso para los senderistas: imponentes hayedos, profundas cuevas, prados abiertos y una de las mayores concentraciones de monumentos megalíticos de la comunidad. Cada sendero aquí guarda su propia historia y cada paso invita a detenerse y contemplar.
Entre las rutas más populares destaca el camino hacia el dolmen de Larraispil. Este sendero de dificultad media atraviesa un hayedo de cuento y termina en una pequeña cima con vistas panorámicas al valle. Para los ciclistas, la opción ideal es recorrer la ‘vía verde’ de Plazaola, antigua ruta del tren de vía estrecha que unía Pamplona y San Sebastián. Hoy es un camino pintoresco que atraviesa túneles, prados y pueblos escondidos, permitiendo disfrutar del paisaje y del pasado ferroviario de la región sin prisas.
El patrimonio cultural de Areso también merece ser destacado. La iglesia local de San Esteban, fundada en la época medieval, conserva elementos románicos y góticos a pesar de las numerosas remodelaciones. A su alrededor se agrupan antiguos caserones con escudos familiares tallados en piedra, vestigios de los tiempos en que el valle prosperaba gracias a la ganadería y la agricultura. Las tradiciones siguen vivas: en las fiestas locales, la música y el baile se mezclan con el sonido de la txalaparta, y los habitantes visten los trajes típicos del norte de Navarra. En otoño, Areso se convierte en un punto de encuentro para micólogos. Sus bosques son ricos en setas, lo que atrae cada año a gourmets y aficionados a la “caza silenciosa”. Además, es una excelente ocasión para degustar el famoso queso Idiazabal, elaborado con leche de oveja latxa, raza autóctona de la zona.












