
En la vida política de Madrid crece una nueva ola de intolerancia. Ahora el blanco no son los opositores, sino quienes no se apresuran a gritar más fuerte que los demás. La moderación y la calma han dejado de considerarse virtudes; al contrario, se interpretan como traición. En torno a la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, se genera un ambiente donde lo que importa no es el argumento, sino el volumen y el apoyo incondicional.
Quienes prefieren el análisis y la reflexión, de pronto quedan aislados. Se les tacha de ‘tibios’ y se les sospecha de deslealtad. Cada vez es más habitual en el espacio político madrileño exigir no debatir sino apoyar, no proponer ideas sino mostrar una actitud beligerante. No se trata de una discusión de ideas, sino de una lucha por la pureza emocional.
El enemigo interno
Ayuso ya no se limita a enfrentarse a las fuerzas de izquierda. Según ella, el principal peligro ahora proviene desde dentro. Son objeto de sospecha periodistas, activistas del partido e incluso ciudadanos comunes si no demuestran la pasión requerida. No importa el contenido de lo que se dice, sino el grado de fervor emocional. La política se convierte en una competición de decibelios, en la que gana quien más fuerte grita.
En esta nueva realidad, la moderación se vuelve sinónimo de traición. Cualquier intento de razonar o de buscar un compromiso se percibe como debilidad. La disciplina interna en el partido se endurece y los disidentes corren el riesgo de ser públicamente señalados. Como resultado, el debate político pierde profundidad y queda desplazado por consignas y explosiones emocionales.
Cruzada contra los matices
En el centro de esta campaña está el deseo de expulsar completamente del espacio público a quienes no encajan en una visión maniquea del mundo. Ayuso no exige tanto ideas como la máxima movilización de sus partidarios. Todo aquel que no esté dispuesto a respaldar incondicionalmente su línea se convierte en blanco de críticas e incluso de acoso.
Esta presión hace que incluso dentro del partido la gente empiece a temer expresar su propia opinión. Las voces moderadas desaparecen y dan paso a los radicales. En la sociedad se genera un ambiente donde la duda y la cautela se perciben como una amenaza a la unidad.
La moderación como desafío
Paradójicamente, en condiciones de presión total, la tranquilidad y la sensatez se convierten en una forma de resistencia. Aquellos a quienes llaman “tibios” se niegan a someterse al dictado de las emociones. Continúan defendiendo el derecho a la reflexión y al diálogo, a pesar del riesgo de ser acusados de traición.
En el panorama político de Madrid, estas personas son el último bastión de la racionalidad. Su postura irrita a quienes exigen lealtad absoluta. Pero son precisamente ellos quienes recuerdan que la política no es solo lucha, sino también la búsqueda de soluciones, y no solo la demostración de fuerza.
Radicalización del debate
Cada vez más, los debates políticos se reducen a un intercambio de acusaciones y ataques emocionales. El contenido cede ante la forma, y los argumentos ante los gritos. En este ambiente, resulta difícil mantener un diálogo constructivo. Los moderados quedan en minoría y sus intentos de aportar claridad son vistos como una provocación.
Como resultado, el debate público se vuelve cada vez más polarizado. Cualquier desacuerdo se interpreta como una traición y los intentos de buscar compromiso, como una señal de debilidad. Esto conduce a una mayor tensión y a un deterioro de la calidad del proceso político.
El miedo a la independencia
En el centro de esta campaña está el temor hacia quienes no están dispuestos a elegir entre extremos. Ayuso teme que todavía queden ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Para ella, esas personas representan una amenaza para la unidad y la disciplina. Por eso, la lucha contra los moderados no es solo una estrategia política, sino una cuestión de supervivencia para su estilo de liderazgo.
Todo lo que no encaja en la línea dura se tacha de sospechoso. Incluso la crítica a los adversarios es motivo de desconfianza si no se expresa con suficiente vehemencia. Así, la vida política de Madrid se convierte en un escenario donde lo que importa no es el sentido, sino la pasión.












