
Cataluña se encuentra en el epicentro de un colapso de transporte que en pocos días se ha convertido en una tormenta política. Tras el trágico accidente ferroviario en el que un tren chocó contra un muro derrumbado, causando la muerte de un maquinista en prácticas y dejando a decenas de pasajeros heridos, la región prácticamente se paralizó. Cientos de miles de residentes quedaron incomunicados y la indignación crece tanto en las calles como en las redes sociales.
Las autoridades están bajo intenso escrutinio: los partidos de la oposición no han perdido la oportunidad de acusar al gobierno de Salvador Illa de incompetencia e incapacidad para gestionar la crisis. Los representantes de Junts han sido especialmente duros, utilizando su mitin en Perpinyà para cargar contra la dirección regional. Carles Puigdemont exigió públicamente la dimisión inmediata de la consejera de Territorio, Sílvia Paneque, e instó a la ciudadanía a una movilización masiva contra la “anestesia socialista”.
Colapso del transporte
La situación en las vías ferroviarias empeoraba día tras día. Tras el accidente mortal del martes por la tarde, cuando las fuertes lluvias provocaron el derrumbe de un tramo de la autopista AP-7 directamente sobre la vía del tren de la línea R4, el tráfico quedó totalmente suspendido. Esa misma noche, se produjo otro incidente en la línea R1: un tren descarriló, aunque afortunadamente no hubo heridos.
Las autoridades decidieron suspender el servicio de Rodalies durante todo el miércoles para llevar a cabo una revisión exhaustiva de la infraestructura. Sin embargo, pese a las promesas de una rápida reanudación del tráfico, el jueves ya quedó claro que la situación distaba de resolverse. Los maquinistas se negaron a salir a las vías, alegando garantías de seguridad insuficientes. Las negociaciones se prolongaron durante toda la jornada y sólo tras acordar incluir a los maquinistas en las comisiones técnicas de inspección de las vías, se logró restablecer parcialmente el servicio el viernes.
Nuevos fallos y desconfianza
La reapertura del viernes fue sólo un alivio temporal. En la línea R1 volvieron a producirse deslizamientos de tierra y los trenes circulaban con retrasos constantes. La presión sobre el sistema se volvió insoportable, y los maquinistas declararon abiertamente que no estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por una estabilidad dudosa.
El sábado, mientras las lluvias continuaban sin cesar, la situación se salió por completo de control. Reinado de la confusión informativa, suspensión de varias líneas, quejas masivas de los pasajeros y, finalmente, la decisión del gobierno de detener por completo el servicio de Rodalies hasta eliminar todas las amenazas. Las autoridades aseguraron que la seguridad de los pasajeros y del personal es la máxima prioridad y prometieron inspecciones urgentes de toda la infraestructura.
Ataque político
Mientras la red ferroviaria permanecía paralizada, la oposición incrementaba la presión. En Perpiñán, Puigdemont arremetió contra el gobierno de Illa y contra Paneke personalmente, afirmando que «tal incompetencia no puede tolerarse ni un solo día». Recordó que, hace apenas unos meses, la consejera ya fue duramente criticada en el Parlament por fracasos en el ámbito del transporte, y ahora, en su opinión, ha llegado el momento de cambios decisivos en los cargos.
El líder de Junts intentó presentar a su partido como la única alternativa al caos actual, llamando a sus seguidores a «despertar Cataluña» y devolver al territorio el orgullo y la ambición. Según él, tras un año y medio de gestión socialista, el país se encuentra en estado de parálisis y la confianza en las instituciones cae a gran velocidad.
Voces de descontento
Las críticas no solo procedieron de Junts. La diputada de ERC, Ester Capella, instó al gobierno a tomar el control de la situación y garantizar una información transparente para la ciudadanía. Subrayó que los vecinos no pueden vivir en una incertidumbre permanente y exigen explicaciones honestas sobre lo que está sucediendo.
Por su parte, el partido Comuns acusó a las autoridades de falta de transparencia y de información a tiempo, mientras representantes del Partido Popular (PP) denunciaron que los pasajeros han sido abandonados a su suerte y que el gobierno no está reaccionando ante los hechos. El líder de la ultraderecha, Joan Garriga (Vox), también exigió la dimisión inmediata de todos los responsables del colapso en el transporte.
El poder bajo presión
En una situación en la que el presidente de la región está hospitalizado y el sistema de transporte se encuentra paralizado, el gobierno intenta mantener el control. En los comunicados oficiales se enfatiza que la prioridad es restablecer la seguridad y devolver a los ciudadanos la posibilidad de desplazarse libremente. Sin embargo, la oposición no piensa dar marcha atrás, y las exigencias de cambios en el gobierno se escuchan con cada vez más fuerza.
Cataluña sigue la evolución de los acontecimientos con inquietud: la crisis del transporte ha dejado al descubierto no solo las debilidades de la infraestructura, sino también profundas contradicciones políticas. La cuestión de quién asumirá la responsabilidad por lo ocurrido sigue abierta y la tensión en torno a Rodalies no deja de crecer.











