
A principios del siglo XVII, Madrid aún no era la metrópolis que conocemos hoy. Sin embargo, en la obra «El acero de Madrid», Lope de Vega convierte la ciudad en un personaje con identidad propia, no solo en un simple escenario para los acontecimientos. Aquí, las calles se transforman en un laberinto donde cualquier transeúnte puede ocultar su verdadero rostro y la multitud sirve como el disfraz perfecto para el engaño y la metamorfosis.
Las intrigas amorosas, en apariencia ligeras, se entrelazan íntimamente con la geografía urbana. Paseos por la calle Mayor, conversaciones secretas en los alrededores del Manzanares, rituales con el agua ferruginosa de Chamartín: todo esto no son solo detalles costumbristas, sino elementos de un juego complejo donde cada participante asume una nueva máscara. El agua que da nombre a la obra no solo era un remedio, sino también un pretexto para encuentros, intercambios de miradas y duelos verbales. En estos lugares nacían y se desvanecían pasiones, mientras la ciudad se convertía en el escenario de infinitas transformaciones.
Lope percibía Madrid como un hervidero de anonimato. Aquí se podía olvidar el pasado, inventar una nueva biografía, ocultarse tras un nombre ficticio o hacerse pasar por descendiente de una familia noble. Lo que hoy llamaríamos un perfil falso en redes sociales ya se intuía en el comportamiento de los personajes que se ocultaban en el bullicio y el ajetreo de la vida urbana. Madrid, en la obra, es un lugar donde la verdad se desvanece entre exageraciones y los deseos surgen y se apagan tan rápidamente como una mirada fugaz en la calle o un ‘match’ instantáneo en una aplicación.
El título de la comedia no es solo una referencia al agua medicinal. Es un símbolo que amplía el sentido: el hierro se convierte no solo en un remedio para fortalecer la salud, sino también en un ritual social, un pretexto para encuentros e intercambio de papeles. Los habitantes de la ciudad acudían a Chamartín para mezclarse con la multitud, adoptar una máscara ajena, iniciar una intriga. Lope manejaba magistralmente estas tramas, convirtiendo la ciudad en un escenario para situaciones cómicas sin fin.
Han pasado cuatro siglos, y el hierro de Madrid ya no se bebe, sino que se contempla. En el lugar de los antiguos manantiales se alzan torres de cristal, símbolos de una nueva era. Chamartín ya no es un lugar de curación, sino un centro de negocios donde la energía de la ciudad se dedica a sostener la ilusión de la juventud y el éxito eternos. Madrid sigue prometiendo renovación, pero ahora esa renovación es solo una ilusión que oculta el cansancio y la desilusión.
En tiempos de Lope, la ciudad era un laboratorio de experimentos con la identidad. La multitud permitía disolverse, convertirse en otro, ocultar las verdaderas intenciones. Hoy, esa función de la ciudad se realiza en el espacio digital: perfiles falsos, avatares, dobles en aplicaciones de citas. Tanto antes como ahora, Madrid actúa como mediador entre la realidad y la ficción, un lugar donde cada uno puede interpretar su propio papel.
En el siglo XVII, el principal punto de encuentro era el Prado de San Jerónimo: allí la gente paseaba, coqueteaba y hacía planes. Hoy, las multitudes se reúnen en la Gran Vía, en el metro o en los atascos de la M-30. Pero la esencia no ha cambiado: la ciudad es un escenario donde cada uno busca destacar entre la multitud. Lope convirtió ese bullicio en motor de la trama, y nosotros lo hemos integrado en la vida cotidiana. Sin embargo, el deseo de ser especial en una ciudad inmensa no ha desaparecido.
El Madrid de Lope era una comedia; el nuestro, un espectáculo. Entonces los protagonistas fingían ser otras personas, ahora aparentamos autenticidad en el mundo digital. Cambian los escenarios, pero las máscaras permanecen. La ciudad nunca se desvela por completo, siempre va maquillada, siempre en busca de un nuevo papel. Lope fue el primero en notarlo: Madrid no es sólo un lugar en el mapa, sino un personaje vivo y contradictorio, lleno de voces y rostros. Y esa peculiaridad no se ha perdido, ni en el siglo XVII ni en el XXI. Madrid se cura con hierro, pero siempre queda un poco enfermo de sí mismo.












