
En San Esteban de Valdueza, una diminuta aldea en la provincia de León, el invierno comenzó con una transformación inusual. Entre casas de piedra y tejados de pizarra, se levantó un símbolo navideño de cinco metros, hecho de miles de botellas de plástico usadas. En vez de las típicas guirnaldas y espumillones, las calles se adornaron con árboles navideños artesanales, estrellas, cajas de regalos e incluso copos de nieve: todo elaborado a partir de lo que normalmente acabaría en la basura.
Este año, los vecinos decidieron no gastar ni un euro en decoraciones tradicionales. El presupuesto del pueblo es limitado, pero las ganas de hacer una celebración especial son enormes. Desde la primavera hasta el otoño, los habitantes recogieron botellas vacías y, al llegar el invierno, las transformaron en adornos festivos. No solo utilizaron botellas, sino también cubos viejos, palets, trozos de tuberías e incluso ropa que ya no servía. Cada objeto encontró su lugar en el proyecto colectivo.
Una idea que une
Todo empezó con la iniciativa de la alcaldesa de la aldea, Diana García, quien propuso dejar de lado las decoraciones compradas. El año pasado, los vecinos construyeron por primera vez un gran árbol de Navidad hecho con botellas de plástico, y la idea gustó tanto que este año el proyecto creció considerablemente. No solo participaron los habitantes locales en la recogida de materiales, sino también dueños de bares de pueblos cercanos, donde las botellas nunca faltan.
Esta vez pusieron el foco en botellas de una sola marca: Cabreiroá. No por sus cualidades, sino porque eran las que más traían de los bares y locales cercanos. De día, esas botellas parecen azules, pero de noche se vuelven casi transparentes, lo que aporta un toque mágico a la iluminación de las calles. En varios meses recogieron más de 15.000 botellas, aunque no llegaron a usar todas.
Unas fiestas hechas entre todos
Los trabajos arrancaron ya en septiembre. Durante el verano se discutieron ideas, se colgaron anuncios pidiendo materiales y, en otoño, cada sábado el vecindario se reunía en el salón de la alcaldía. En noviembre el entusiasmo alcanzó su punto álgido: la gente se llevaba los adornos a casa para terminar a tiempo para las fiestas. Incluso los niños, que en el pueblo son solo cuatro, participaron encantados: fabricaron decoraciones, las colocaron por las calles, y para la inauguración escribieron un texto de felicitación.
Este año las calles no solo lucen el gran símbolo de cinco metros, sino también diez pequeños árboles de Navidad, adornos para las vallas, estrellas hechas con botellas grandes, bolas de las pequeñas y decenas de cajas-regalo con lazos. Todo esto es fruto del esfuerzo conjunto de adultos, niños y hasta de quienes solo vienen al pueblo en estas fechas.
La fuerza de la comunidad
La vecina Ana Belén Barba destaca que precisamente el trabajo en equipo unió a todos, desde los más pequeños hasta los mayores. Esto es raro de ver en las ciudades. Cada uno aportó su granito de arena: unos trajeron materiales, otros ayudaron con las estructuras y algunos simplemente animaron con palabras amables. Incluso el bar local, que sigue abierto, se convirtió en el punto de recogida de botellas e ideas.
La decoración festiva no solo sirvió para ahorrar, sino también como excusa para convivir y crear juntos. En el pueblo están convencidos de que la tradición continuará el próximo año. Aquí no esperan adornos caros: lo importante es que cada uno pueda aportar algo personal al proyecto común. Y aunque en San Esteban de Valduesa solo viven 30 personas en invierno, su entusiasmo logra embellecer cualquier invierno.











