
En 2021, dos mujeres que trabajaron en residencias privadas de Julio Iglesias en las Bahamas y en República Dominicana se atrevieron a contar lo que vivieron. Sus relatos no son simplemente una serie de episodios incómodos, sino un universo donde el poder y el miedo se mezclaban en la rutina diaria. Una de ellas, encargada de las labores domésticas, recuerda que cada jornada empezaba con ansiedad: cualquier desacuerdo con las exigencias del cantante se traducía en humillaciones y, en ocasiones, amenazas. La otra, fisioterapeuta personal, habla de una presión constante y un control que no cesaba ni siquiera fuera del horario laboral.
Ambas señalan que su vida privada estaba bajo vigilancia permanente. Revisaban sus móviles, les borraban las fotos y cualquier gesto de autonomía era visto como un desafío. Una de ellas admite que, tras varios meses de trabajo, cayó en una depresión profunda de la que no pudo salir sola. El ambiente en la casa recordaba más a una prisión que a una mansión de lujo.
Control y miedo
Según ambas, el control ejercido por Iglesias y su entorno era absoluto. Tenían prohibido comunicarse con personas ajenas y cualquier intento de quejarse o simplemente hablar de lo que ocurría era frenado de inmediato. En la casa reinaba una sensación de temor: nadie sabía qué podía pasar si alguien se atrevía a decir “no”.
La situación era especialmente difícil cuando la esposa del cantante estaba ausente. En esos momentos, según relatan extrabajadoras, Iglesias se permitía mucho más. Una de las mujeres cuenta que el cantante recurría a actos físicos, desde tocamientos insistentes hasta bofetadas directas. A veces, tenía que cuidar de él durante episodios de dolor, pero incluso entonces la atención terminaba convirtiéndose en humillación.
Acoso sexual
Lo más duro, según las mujeres, fueron los episodios de violencia sexual que vivieron. Una de ellas recuerda cómo el cantante le exigía favores íntimos bajo la amenaza de despido y humillación pública. La segunda relata intentos constantes de contacto físico y conversaciones que superaban todo límite profesional. Ambas insisten en que hubo otras chicas que no pudieron negarse, y el cantante hacía con ellas lo que quería.
Recordar aquellos días todavía les provoca escalofríos. Dicen que durante mucho tiempo no se atrevieron a hablar por miedo a las consecuencias. Pero guardar silencio se volvió imposible: el dolor y el miedo acumulados eran demasiado grandes.
Reacción del entorno
Cuando los periodistas intentaron obtener comentarios de Iglesias y su abogado, no hubo respuesta. Algunos de los mencionados en los testimonios de las mujeres rechazaron tajantemente las acusaciones, calificándolas de invención. Sin embargo, las extrabajadoras insisten en que todo lo que contaron es cierto y están dispuestas a defender su versión.
Esta historia vuelve a poner sobre la mesa la pregunta de cuán a menudo detrás de una fachada de lujo y éxito se ocultan la oscuridad y la violencia. También muestra lo difícil que resulta para quienes quedan atrapados bajo el poder ajeno encontrar la fuerza para alzar la voz y hablar abiertamente.












