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El gato gigante de Botero en Barcelona: 16 años buscando su hogar permanente

Descubre la historia de la escultura más tierna y viajera de Barcelona, convertida en símbolo de todo un barrio.

En Barcelona hay un monumento singular: un enorme y simpático gato. Durante 16 años recorrió la ciudad hasta convertirse en el símbolo del barrio del Raval. Descubre su sorprendente historia.

El arte y la cultura encuentran múltiples formas de expresión, desde la pintura y la literatura hasta el cine. La escultura monumental es otra poderosa manera de inmortalizar ideas, acontecimientos o incluso escenas de la vida cotidiana. En la polifacética y vibrante Barcelona, entre las obras maestras de Gaudí y las catedrales góticas, se esconde uno de los monumentos más encantadores e informales, que siempre arranca una sonrisa tanto a locales como a turistas.

Se trata del famoso «Gato» de Fernando Botero, una masiva escultura de bronce que se ha convertido en parte inseparable del paisaje urbano. Este simpático gigante de formas redondeadas y mirada pícara es un claro ejemplo de cómo el arte contemporáneo puede integrarse de manera natural en un entorno histórico y convertirse en un punto de encuentro para personas de todas las edades. La historia de su llegada a la ciudad y sus largas «andanzas» lo hacen, además, un referente aún más interesante.

La historia de este gato en Barcelona comenzó en 1987, cuando el Ayuntamiento adquirió la escultura del reconocido artista colombiano. Sin embargo, antes de encontrar un hogar definitivo, este felino de bronce tuvo que recorrer varios rincones de la capital catalana. Durante 16 años, estuvo cambiando de ubicación, como si fuera un auténtico gato callejero en busca de un lugar acogedor.

Un largo camino a casa

Su primer hogar fue el Parc de la Ciutadella, donde compartía espacio con otros animales en el zoológico de la ciudad. Luego, previo a los Juegos Olímpicos de 1992, el gato fue trasladado al Estadio Olímpico en la colina de Montjuïc, donde daba la bienvenida a deportistas y visitantes de todo el mundo. Pero tampoco allí permaneció mucho tiempo. Tras los Juegos Olímpicos, pasó un tiempo en una pequeña plaza detrás del emblemático edificio del Museo Marítimo.

Cada nuevo lugar de residencia generaba debates y discusiones entre los habitantes y arquitectos de la ciudad. Nadie podía encontrar el sitio ideal para una escultura tan grande y característica, donde luciera en armonía sin perderse entre los edificios cercanos. Estas largas búsquedas convirtieron al gato en un auténtico “nómada” y dieron origen a numerosas leyendas urbanas.

Símbolo del barrio del Raval

Finalmente, en 2003 terminaron sus andanzas. Se encontró el lugar perfecto para el gato: la recién creada calle peatonal Rambla del Raval. Esta decisión resultó ser un acierto. El barrio del Raval, que durante mucho tiempo tuvo una reputación ambigua, estaba viviendo una profunda transformación en aquellos años, y la llegada de este simpático y positivo objeto de arte se convirtió en símbolo de su renacimiento. El gato no solo adornó la calle, sino que le dio personalidad y se transformó en su corazón.

La escultura está hecha de bronce e impresiona por sus dimensiones: siete metros de largo, dos de alto y dos de ancho. Su estilo es inconfundible: se trata del “boterismo”, el movimiento creado por el propio Fernando Botero. El artista es conocido por su predilección por las formas exuberantes y los volúmenes exagerados. Sus personajes, sean personas o animales, siempre lucen robustos y voluminosos. Este gato no es la excepción: es la encarnación del confort, la tranquilidad y la autosuficiencia.

Hoy en día, el «Gat del Raval», como lo llaman cariñosamente los vecinos, es un punto de encuentro popular y una de las atracciones más fotografiadas de Barcelona. A los niños les encanta subirse a su lomo y los turistas consideran casi obligatorio hacerse un selfie con esta simpática figura. Se ha convertido en el auténtico talismán del barrio, simbolizando su transformación de una zona desfavorecida a un espacio moderno y multicultural.

Cabe destacar que Fernando Botero fue un artista y escultor colombiano, conocido por su trabajo en el figurativismo. Su estilo único, denominado por los críticos como “boterismo”, se caracteriza por la representación de personas y animales con formas exageradamente voluptuosas y redondeadas. El propio artista afirmaba que su interés no era mostrar la gordura en sí, sino explorar el volumen, la plasticidad y la sensualidad de la forma. Sus obras se exhiben en los museos más importantes del mundo, y sus esculturas monumentales se encuentran en calles de numerosas ciudades, desde Nueva York y París hasta Singapur y, por supuesto, Barcelona. Botero falleció en 2023, dejando un vasto legado artístico.

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