
España sigue sacudida por la tragedia ferroviaria en Adamuz (Córdoba), donde decenas de personas perdieron la vida. El ambiente político se ha crispado hasta el extremo: en vez de unidad y condolencias, proliferan las acusaciones mutuas, duros reproches e incluso insultos. El centro de la polémica es el diputado de ERC, Gabriel Rufián, quien criticó enérgicamente los intentos de equiparar el accidente ferroviario con las consecuencias del reciente temporal en Valencia.
Rufián calificó estas comparaciones como “un síntoma de profunda anomalía” y recalcó que no se puede poner al mismo nivel una catástrofe accidental y las consecuencias de la negligencia institucional. Sus declaraciones provocaron una tempestuosa reacción: representantes del Partido Popular (PP) acusaron a Rufián de faltar al respeto a las víctimas y le llamaron “buitre”. Ante estas críticas, el político reafirmó su postura, señalando que la tragedia de Adamuz fue fruto del azar y no culpa de nadie, mientras que en Valencia, según él, las víctimas se habrían podido evitar si las autoridades hubieran actuado de otra forma.
La tensión política se dispara
La situación se volvió aún más tensa apenas 48 horas después del accidente, cuando en redes sociales aparecieron los primeros comentarios polémicos. Rufián, en una publicación en X (antes Twitter), destacó que las víctimas del accidente de tren recibieron ayuda e información desde el primer momento, mientras que en Valencia, según él, la tragedia se agravó por la pasividad y la incompetencia de los responsables públicos. En especial, apuntó contra el expresidente Carlos Mazón, quien, según Rufián, “disfrutaba de una copa mientras la gente se ahogaba”.
La respuesta no se hizo esperar. La portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, acusó públicamente a Rufián de faltar al respeto a las víctimas y sus familias. Afirmó que el político «nunca ha mostrado compasión» y comparó su actitud con la de un ave rapaz que se alimenta del dolor ajeno. La pregunta sobre si la «tregua» política tras la tragedia ha terminado sigue sin respuesta, pero es evidente que las tensiones van en aumento.
La reacción del Gobierno
Paralelamente, el Gobierno de España criticó al líder de Vox, Santiago Abascal, por aprovechar la tragedia para acusar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de «crímenes, mentiras y traición a los intereses del pueblo». Estas declaraciones provocaron una firme condena por parte de las autoridades. En rueda de prensa tras el Consejo de Ministros, una portavoz del Ejecutivo calificó la actitud de Abascal como «ruin» e incluso «inhumana».
La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones añadió que es inadmisible utilizar el miedo y la tragedia con fines políticos, y que estas acciones no se corresponden con los principios democráticos. Según afirmó, mientras no se aclare el número exacto de víctimas mortales y decenas de heridos sigan luchando por su vida en hospitales, cualquier especulación política resulta especialmente cínica.
El límite de lo permitido
Toda esta situación reabre una cuestión clave: ¿dónde se encuentra la línea entre la lucha política y la compasión humana básica? En España, como en muchos otros países, las tragedias suelen ser motivo de intensos debates y acusaciones cruzadas. Sin embargo, esta vez la tensión ha superado todas las expectativas. Los políticos no solo no supieron unirse en un momento de luto nacional, sino que además convirtieron la tragedia en un escenario para sus disputas.
La sociedad observa todo esto con creciente irritación. La ciudadanía exige respeto a la memoria de las víctimas y transparencia de quienes toman decisiones. Pero mientras los políticos continúan lanzándose reproches, las verdaderas causas de la catástrofe y las formas de evitarlas siguen quedando en la sombra. La pregunta sobre quién realmente se preocupa por las personas y quién solo utiliza su dolor en beneficio propio sigue sin respuesta.












