
Hubo un tiempo en que las noches de Madrid estaban llenas del misterioso roce de alas y el suave reclamo de los búhos. Hoy, estos sonidos casi han desaparecido: los habitantes de la capital y sus alrededores raramente se encuentran ya con estos cazadores alados, que hasta hace poco formaban parte habitual de los antiguos graneros y torres de iglesias. En las redes sociales abundan los recuerdos: hay quien no ha visto un búho en Móstoles en dos décadas, o quien rememora escuchar sus cantos en Alcalá de Henares durante la infancia, antes de que las nuevas construcciones sustituyeran a las viejas casas.
Los intentos de reintroducir búhos en la naturaleza no dan los resultados esperados. A pesar del esfuerzo de los especialistas, que liberan aves criadas en cautividad, estos depredadores nocturnos continúan desapareciendo de sus antiguos hábitats. Los ecologistas consideran la situación una auténtica tragedia y advierten: si no se toman medidas urgentes, Madrid corre el riesgo de perder para siempre a estas aves únicas.
Amenaza crítica
El último censo relevante de búhos en la región se realizó en 2018. En esa ocasión, los expertos contaron apenas entre 25 y 37 parejas, lo que significaba un descenso de casi el 70% en dos décadas. Desde entonces, según los especialistas, la situación no ha hecho más que empeorar. En algunas zonas donde antes los búhos eran habituales, ahora se pueden contar con los dedos de una mano.
Los empleados de los centros de recuperación de fauna silvestre recuerdan que hace treinta años solían encontrar muchas lechuzas y mochuelos muertos en las carreteras. Esto era una prueba triste pero evidente de que había muchas más aves. Hoy este tipo de hallazgos son cada vez más escasos: la desaparición de las lechuzas es cada vez más evidente.
Causas de la desaparición
El principal enemigo de las lechuzas no son los cazadores furtivos ni los depredadores, sino los cambios en la agricultura. El uso intensivo de productos químicos, herbicidas y pesticidas, así como la reducción de espacios silvestres entre los campos, está provocando la desaparición de insectos, roedores y otros pequeños animales de los que se alimentan las lechuzas. Los ecologistas señalan: cuando desaparece el alimento, desaparecen también los depredadores.
La cadena es simple: menos hierba significa menos insectos, menos roedores, menos lechuzas. Además, la mayoría de los polluelos de lechuza no sobrevive hasta la primavera siguiente y muere en su primer año. Este proceso se repite año tras año y la población no logra recuperarse.
Lucha por la supervivencia
Este año los especialistas han liberado en la naturaleza 70 lechuzas criadas en centros especializados. Todas ellas nacieron de parejas que no pueden sobrevivir por sí mismas. Tras la puesta, los huevos se colocan en incubadoras para aumentar las posibilidades de eclosión y, posteriormente, los polluelos se devuelven a sus padres para que los críen.
La mayoría de las lechuzas que quedan habitan en el sur y el este de la región, en zonas rurales como La Campiña, Talamanca de Jarama y Fuente el Saz. Sin embargo, incluso aquí cada vez son menos.
Círculo vicioso
Los ecologistas advierten que los productos químicos utilizados para combatir plagas están provocando la desaparición de las fuentes de alimento de las lechuzas. Como consecuencia, para afrontar nuevas invasiones de roedores, los agricultores recurren a más venenos, generando un círculo vicioso. Si no se rompe esta cadena, la desaparición de las lechuzas será irreversible.
A nivel europeo, la situación también preocupa: según los últimos datos, la población de lechuzas en el continente sigue disminuyendo. En España, se estima que en los últimos 18 años su número ha caído un 70 %, el mayor descenso registrado entre los depredadores nocturnos.
Esperanza de cambio
En un intento por revertir la situación, los ecologistas instan a los agricultores a dejar de usar venenos y a instalar cajas nido especiales para lechuzas y mochuelos. Una pareja de lechuzas puede eliminar hasta 4.000 roedores al año, lo que las convierte en aliadas naturales en el control de plagas.
En los últimos cinco años se han liberado más de doscientas lechuzas en la región y se han instalado decenas de cajas nido. Sin embargo, el destino de las aves liberadas sigue siendo un misterio: tras ser soltadas pueden recorrer cientos de kilómetros, lo que dificulta enormemente su seguimiento. Las tecnologías de rastreo actuales no son adecuadas para aves nocturnas y el monitoreo manual exige un esfuerzo considerable.
A pesar de todas las dificultades, los entusiastas y voluntarios no se rinden. En Madrid continúa la lucha por salvar a las lechuzas, con la esperanza de que algún día su canto nocturno vuelva a llenar el silencio de los campos españoles.












