
En las últimas semanas, las calles de Madrid se han llenado de coloridos carteles con el lema de que la capital es el mejor lugar para criar a los hijos. El Ayuntamiento ha lanzado una campaña coincidiendo con las nuevas ayudas económicas para padres y adoptantes. A simple vista, la iniciativa parece un gesto de apoyo a las familias. Sin embargo, la reacción de los ciudadanos ha estado lejos del entusiasmo: muchos han recibido la campaña con ironía e irritación. En realidad, según las familias, Madrid es una ciudad donde criar hijos resulta cada vez más difícil.
En lugar de preocupación por las nuevas generaciones, aquí prospera el capital. El entorno urbano, según muchos, está diseñado más para el beneficio económico que para el bienestar de las familias. Ante las críticas, la respuesta habitual es: «Si no te gusta, vete». Pero detrás de esa frase se esconde un problema profundo: la metrópoli está perdiendo el vínculo con quienes le dan vida y diversidad.
Imágenes y realidad
El estilo visual de la campaña genera controversia. En los carteles aparecen bebés con chaquetas de cuero y peinados modernos, un guiño a la antigua ‘Movida’ —la explosión cultural de los años 80—. Pero hoy esa imagen resulta desfasada y no refleja los problemas reales de las familias. La simbología recuerda a las protestas y subculturas, cuando en realidad las autoridades han endurecido desde hace tiempo su política hacia quienes se salen de lo establecido.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, recientemente se convirtió en padre y habla públicamente sobre la importancia de la familia. Menciona detalles de la vida cotidiana y promete dedicar más tiempo a sus hijos. Sin embargo, las acciones concretas para mejorar el entorno urbano para las familias siguen siendo invisibles. El cierre de centros familiares y la falta de guarderías asequibles son solo una parte de los problemas que enfrentan los padres.
La infancia, en peligro
En Madrid, los niños solo se hacen visibles cuando generan ingresos. Fiestas, ferias navideñas y atracciones comerciales — todo esto produce ganancias. El resto del tiempo, los niños y adolescentes parecen desaparecer de las calles. Sus espacios se limitan a áreas cerradas donde no molestan a los adultos ni alteran el ritmo habitual de la ciudad.
Los parques urbanos se convierten en una especie de “reservas” para quienes no generan beneficios: niños, ancianos y personas sin hogar. Las calles resultan cada vez menos seguras y acogedoras para jugar o pasear. Los padres temen dejar solos a sus hijos y los horarios de los pequeños están llenos de actividades extraescolares. Como consecuencia, desaparece lo que antes daba vida a la ciudad: la infancia libre en la calle.
Una ciudad para adultos
Arquitectos y urbanistas señalan que las ciudades modernas se diseñan para trabajar y consumir, no para vivir y cuidar. En Madrid, esto se percibe de manera especialmente aguda. Las calles están sobrecargadas de coches y los espacios públicos son cada vez menos accesibles para las familias. La ruptura de los lazos vecinales y el aumento del individualismo hacen que los niños pierdan la oportunidad de aprender a ser independientes y socializar fuera del hogar.
Hubo un tiempo en que las calles eran lugares para jugar, explorar y vivir aventuras. Hoy, un niño corriendo se percibe como una molestia y no como parte de la vida urbana. La infancia queda “encerrada” tras vallas y normas. Los adultos ven cada vez más a los niños como fuente de inconvenientes, y no de alegría.
Política y realidad
En los debates públicos a menudo se escucha el llamado a apoyar a las familias tradicionales. Pero detrás de las palabras bonitas rara vez hay acciones reales. Los padres esperan no solo apoyo económico, sino también atención sanitaria, educación y vivienda accesibles. Necesitan condiciones que les permitan conciliar el trabajo con el cuidado de los hijos, y no sobrevivir en un estado de estrés constante.
En cambio, la ciudad ofrece gestos simbólicos y campañas publicitarias. Las familias afrontan solas sus problemas y los niños disponen de espacios de vida cada vez más limitados. Madrid, que alguna vez fue una ciudad para todos, se convierte cada vez más en territorio de adultos y negocios.












