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Minutos fatales como se desarrolló la catástrofe ferroviaria en Adamus el 20 de enero de 2026

Las primeras conversaciones tras la tragedia ferroviaria generan aún más preguntas

Revelan las conversaciones entre controladores y tripulaciones tras el accidente en Adamus El caos y la confusión de los primeros minutos sorprendieron incluso a ferroviarios veteranos La magnitud de la tragedia fue impactante

La noche del 20 de enero de 2026 quedará grabada para siempre en la memoria de los españoles. En un tramo ferroviario de la zona de Adamuz, se produjo una de las peores catástrofes de trenes de alta velocidad en la historia del país. La colisión entre dos convoyes, Alvia e Iryo, dejó al menos 43 muertos. Sin embargo, quizás aún más impactantes fueron los primeros minutos tras el accidente: conversaciones llenas de confusión, incomprensión y ansiedad entre los despachadores y las tripulaciones de ambos trenes.

Los periodistas lograron acceder a las grabaciones de estas comunicaciones. Permiten reconstruir, casi segundo a segundo, cómo evolucionó la situación inmediatamente después de la tragedia. Se oyen voces angustiadas, frases entrecortadas, intentos de comprender qué ocurrió realmente. Ninguno de los participantes alcanza a percibir la magnitud del desastre y la información circula con retraso e incompleta entre los distintos eslabones de la cadena.

A las 19:45:02, el maquinista del tren Iryo contacta con el centro de control en Atocha. Informa de un posible “enganche” en el trayecto cerca de Adamuz. El despachador le pide un teléfono de contacto y detalla cuestiones técnicas; se escucha el ruido de un frenazo de emergencia. El conductor explica que el tren está bloqueado y no puede avanzar. En ese momento nadie imagina que se trata de una colisión con otro convoy.

Las primeras señales

Casi al mismo tiempo, a las 19:46, el maquinista de otro tren —el 2181— informa sobre problemas de tensión en la catenaria entre Adamuz y Bifurcación Alcolea. El controlador le pide que baje los pantógrafos sin dar explicaciones. La confusión es total: nadie relaciona las fallas técnicas con un posible accidente.

A las 19:48:39, el controlador intenta llamar al maquinista del Alvia, que ya no responde: ha fallecido en la colisión. Segundos después realiza otro intento, también sin éxito. El controlador aún no sospecha que ya ha ocurrido una tragedia en la línea.

A las 19:49:33, sin obtener respuesta del maquinista, el controlador contacta con la revisora del Alvia. La mujer, visiblemente alterada, responde que tiene una herida en la cabeza, está sangrando y no sabe si podrá llegar hasta la cabina del maquinista. El controlador le pide que intente localizarlo o al menos averiguar qué sucede en el tren. En ese momento se hace evidente: la situación se está descontrolando.

Pánico en la línea

Casi al mismo tiempo, a las 19:49:35, el maquinista de Iryo vuelve a establecer comunicación, ahora claramente nervioso. Informa que su tren ha descarrilado e invade la vía contigua. Se nota la alarma en su voz: «¡Hay que cortar el tráfico en todas las vías de inmediato!», insiste. El controlador, sin disponer de toda la información, asegura que no hay otros trenes en la línea y promete transmitir el aviso.

El maquinista añade: en uno de los vagones se ha iniciado un incendio, hay heridos y se requiere asistencia urgente de los bomberos y personal médico. Informa que debe abandonar la cabina para verificar la situación en el tren. El operador confirma la recepción del mensaje y promete contactar a los servicios de emergencia.

En ese instante la comunicación se interrumpe. Han pasado solo cuatro minutos desde la primera señal de alerta, pero ninguno de los involucrados imagina aún la magnitud de la catástrofe. En el aire solo quedan fragmentos de pánico, intentos de entender lo ocurrido y los primeros indicios de una tragedia devastadora.

Segundos perdidos

El análisis de las grabaciones revela que, en los primeros minutos tras el accidente, ninguno de los operadores tenía una visión completa de lo que estaba ocurriendo. La información no circulaba entre los distintos eslabones de la cadena y los intentos por precisar los detalles solo aumentaban el caos. Maquinistas y revisores actuaban a ciegas, sin saber que el choque ya había cobrado decenas de vidas.

Resulta especialmente impactante que, incluso después de recibir reportes de incendio y heridos, los operadores siguieran aplicando los protocolos habituales sin tomar medidas de emergencia. Solo varios minutos después quedó claro que se trataba del mayor desastre ferroviario de los últimos años.

Estas comunicaciones reflejan toda la vulnerabilidad del sistema, cuando el factor humano y la falta de información provocan retrasos fatales. El ferrocarril español enfrenta un desafío que, posiblemente, cambie el enfoque sobre la seguridad en los próximos años.

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