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Prueba del destino cómo una familia de Huelva sobrevivió a una doble tragedia y al milagro del rescate

Descubre el enigma tras la mirada de los sobrevivientes de una catástrofe

La vida de Rosa cambió en solo dos días Perdió a su marido y a su hermana pero vivió el milagroso rescate de su nieta Su familia se mueve entre el dolor y la esperanza Su historia no deja indiferente a nadie

En Huelva, la vida de Rosa cambió por completo en cuestión de horas. La mujer, que recientemente cumplió ochenta años, enfrentó una serie de tragedias capaces de quebrar a cualquiera. Primero se despidió de su esposo, fallecido tras una larga enfermedad. Antes de que la familia pudiera reunirse para apoyarla, la golpeó otro drama: su hermana María Luisa murió en un accidente ferroviario y su nieta Blanca, aunque sobrevivió, sufrió graves lesiones.

A pesar de todas las pruebas, Rosa impresiona a quienes la rodean por su fortaleza interior. Incluso al teléfono, su voz transmite calidez y ánimo. No permite que la tragedia oscurezca los aspectos luminosos de la vida, aunque el dolor sigue presente. Sus palabras expresan no solo pesar, sino también gratitud porque Blanca salió viva. “Lo importante es que mi nieta está viva. Es un verdadero milagro”, repite, como convenciéndose a sí misma y a los demás de que la esperanza es más fuerte que el miedo.

Dos golpes consecutivos

La familia Eugui, originaria de Pamplona, hace tiempo que se dispersó por distintas ciudades. Rosa se trasladó a Huelva en 1972, tras casarse con un hombre de Huesca. En los últimos días casi no se apartó de la cama de su esposo en el hospital Juan Ramón Jiménez. La enfermedad, que parecía controlada, se agravó repentinamente y el 18 de enero quedó claro que no había esperanza. Los familiares acudieron rápidamente para acompañar a Rosa en ese momento difícil.

Ese mismo día, María Luisa y Blanca tomaron el tren Alvia para reunirse con su hermana y su abuela. Pero el viaje se convirtió en una tragedia. Una llamada inesperada, la comunicación se corta y todo queda en un silencio cargado de inquietud. Rosa aún no sabía que en ese momento el tren había descarrilado y que sus seres queridos estaban en el centro de la tragedia. Más tarde se supo: Blanca sobrevivió, pero sufrió múltiples fracturas, mientras que María Luisa seguía desaparecida.

Al filo entre la vida y la muerte

Las primeras noticias del suceso no llegaron a la familia a través de los medios, sino gracias a un testigo casual. Un hombre que se encontraba cerca del lugar del accidente vio a Blanca atrapada entre los restos retorcidos del metal. Ella le suplicó que no la moviera hasta la llegada de los rescatistas, pero temiendo por su vida, la sacó por la ventana y la cubrió con una manta. Fue él quien avisó a la familia de que Blanca seguía con vida.

Mientras Rosa se encargaba del funeral de su esposo, Blanca permanecía ingresada en un hospital de Córdoba. Solo después de varios días la trasladaron a Huelva, donde la abuela pudo ver a su nieta por primera vez tras la tragedia. La familia de María Luisa, sin esperar la confirmación oficial, ya intuía que las esperanzas de un milagro se desvanecían. Sólo se pudo identificar a una parte de las 42 víctimas mortales; el resto esperaba los resultados de las pruebas de ADN. La espera se convirtió en una dura prueba para todos.

Luz en la oscuridad

A pesar del dolor, Rosa no se cansa de repetir que está agradecida al destino por haber salvado a Blanca. Habla de su nieta con especial ternura: «Blanca siempre ha sido alegre, llena de vida, sabía disfrutar de las pequeñas cosas. Incluso ahora, cuando le resulta difícil, no pierde el optimismo». La familia Eugi es numerosa, con muchos hermanos, hermanas y primos repartidos por España. Todos se han unido para apoyarse mutuamente en estos días difíciles.

María Luisa, hermana de Rosa, vivió muchos años en Madrid e Israel, dedicando su vida a la educación y a la actividad religiosa. Su ausencia se siente especialmente, pero Rosa procura no caer en la desesperación. Encuentra fuerzas en el cuidado de sus nietos, en las conversaciones con sus seres queridos e incluso en las breves charlas con periodistas. «Hablar ayuda a sobrellevar el dolor», confiesa.

El límite de la resistencia humana

La historia de esta familia entrelaza de manera sorprendente la tragedia y la esperanza. Incluso quienes estuvieron en el epicentro de la catástrofe encuentran fuerzas para apreciar los momentos felices. Uno de los primeros rescatistas, Julio, de 16 años, recordaba no solo los horrores presenciados, sino también la alegría de los reencuentros, los abrazos de los supervivientes y las lágrimas de felicidad. En esto reside un rasgo muy español: la capacidad de aferrarse a la vida pase lo que pase.

Rosa sigue atenta a las noticias y no se aísla del mundo, aunque ella misma se ha convertido en parte de una dolorosa crónica. No se cansa de repetir que lo más importante es no perder la fe y apoyarse mutuamente. En su familia, esta regla se ha convertido en un salvavidas. Quizá ahí resida la verdadera fortaleza: no en la ausencia de dolor, sino en la capacidad de no dejar que la oscuridad apague la luz.

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