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Pueblos olvidados de Navarra: 8 lugares fantasmales para viajar al pasado

Testigos mudos del pasado: estos pueblos abandonados de Navarra te dejarán sin palabras

Navarra guarda los secretos de aldeas deshabitadas, convertidas en silenciosos testimonios de una época que se fue. Su historia refleja profundos cambios sociales. Descubre estos lugares únicos antes de que desaparezcan.

En la región norte de España, en Navarra, el tiempo parece haberse detenido en decenas de pueblos. Lugares que alguna vez estuvieron llenos de vida hoy no son más que ruinas cubiertas por la vegetación silvestre. El éxodo masivo a las ciudades a mediados del siglo XX, impulsado por transformaciones socioeconómicas, dejó calles y casas vacías. Recorrer estos parajes no es solo contemplar ruinas, sino sumergirse de lleno en la historia, una oportunidad única para conectar con el pasado y admirar paisajes donde la naturaleza recupera terreno frente a la civilización. Aquí presentamos ocho de estos rincones abandonados, cada uno con su propio destino irrepetible.

Fantasmas de los valles y orillas de los ríos

En pleno corazón del valle de Izagaondo, se esconde Berroiz, un antiguo feudo. Llegar hasta aquí hoy no es tarea sencilla. Los senderos que antaño recorrían los habitantes prácticamente han desaparecido bajo una densa maraña de vegetación. En su mejor época, solo había dos casas habitadas y una iglesia dedicada a San Martín. Parte de estas construcciones aún resiste el paso del tiempo. Los últimos vecinos abandonaron Berroiz en los años 60 del siglo pasado, siguiendo la estela de otras aldeas cercanas.

A orillas del río Irati, oculto de miradas ajenas por un espeso follaje, se encuentra Larraongos, uno de los lugares abandonados más singulares de Navarra. El acceso comienza al pie de la antigua torre de Aianz, una fortificación del siglo XIV. Para llegar al propio pueblo, perteneciente al municipio de Longida, hay que recorrer un camino estrecho y de difícil acceso para vehículos. Quienes se animen a esta pequeña aventura encontrarán los restos de un asentamiento que, incluso en ruinas, conserva su encanto original.

Otro enclave emblemático del valle de Izagaondoa es Mendinueta, que en la Edad Media fue una importante finca señorial. De las ruinas que aún resisten, destacan la torre señorial del siglo XVI y varias casonas antiguas que todavía emergen entre la exuberante vegetación. La ola de despoblación de los años 60 no perdonó este lugar, llevándolo al abandono total. Entre los bosques, las ruinas guardan en silencio la memoria de su antigua grandeza.

A los pies del monte Peña Izaga, en el mismo valle donde se encuentra Beroiz, está Urbicáin. Quedó abandonado en los años 70, cuando sus habitantes partieron en busca de trabajo y la población restante envejeció. Pese a décadas de abandono, aún se conservan bien varios edificios: la iglesia de San Esteban y el antiguo monasterio, además de casas emblemáticas como Casa Melchor, Casa Pedros o Casa Icurgui, que aún cuentan la historia de quienes vivieron allí.

Los reyes del queso y propiedades privadas

Situada en la cima de una imponente formación rocosa en la comarca de Sangüesa, Peña destaca entre los demás pueblos abandonados. Su historia está íntimamente ligada a la producción de queso de cabra, que en su día le dio fama. El éxodo de sus habitantes comenzó en los años 50 por un motivo sencillo: las tierras pertenecían a una sola familia y, simplemente, se acabaron los contratos de arrendamiento de los campesinos. Hoy es posible contemplar edificaciones emblemáticas como la iglesia de San Martín de Tous y la abadía, así como las ruinas de un antiguo castillo y una fuente histórica.

En el municipio de Romanzado, junto a una curva del río Salazar, se encuentra Adansa. Este pueblo, situado en la merindad de Sangüesa (zona donde se concentran la mayoría de estos lugares), fue despoblándose poco a poco a lo largo del siglo XX. Sus vecinos, como tantos otros, partieron en busca de un futuro mejor. Hoy, por sus solitarias calles, aún se pueden ver los restos de algunas casas y la iglesia de San Juan Bautista, una construcción del siglo XIII que todavía permanece en pie. Es importante saber que, actualmente, todo el terreno es de propiedad privada.

Los últimos guardianes de las tradiciones

Mugeta es una aldea abandonada en el valle de Longida, a orillas del desfiladero del mismo nombre. Su difícil acceso y la falta de servicios básicos obligaron a sus últimos habitantes a marcharse en los años 70. Hoy, abriéndose paso entre la maleza, aún se pueden distinguir las ruinas de la iglesia de San Martín de Tours, su antiguo monasterio y dos casas que han resistido mejor el paso del tiempo: la Casa del Obispo y la Casa Goñi.

Orradre es una diminuta aldea situada en el municipio de Romanzado, cerca del desfiladero de Arbaiun. La vida aquí se detuvo en los años sesenta. Las principales causas fueron la falta de pastos para el ganado y la ausencia de servicios básicos. De las ocho casas originales, cinco siguen en pie y una de ellas todavía se utiliza de vez en cuando durante el verano. A la entrada del pueblo, se conservan las ruinas de una iglesia románica dedicada a San Juan, el último guardián que observa el lugar donde antaño la vida era bulliciosa.

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