
El año pasado fue todo un desafío para Valencia: una lluvia otoñal que azotó la ciudad y sus alrededores a finales de octubre afectó notablemente al sector turístico. En los primeros meses tras la catástrofe, el flujo de visitantes extranjeros se redujo drásticamente y los hoteles registraron una caída en la ocupación que, en ciertos períodos, superó el 15%. Las zonas sur de la ciudad, situadas en el epicentro del temporal, fueron las más afectadas.
Sin embargo, hacia finales del verano la situación comenzó a mejorar. La ciudad, tradicionalmente una de las principales opciones urbanas en España, recupera poco a poco su posición. Según los datos de la estadística nacional, durante los primeros siete meses de 2025 el número total de pernoctaciones en Valencia disminuyó un 5,2% respecto al año anterior, y en la costa un 2,2%. Pero en julio, la caída prácticamente se detuvo: los turistas extranjeros sumaron 1,8 millones de noches en la ciudad, solo un 1,8% menos que el año anterior. En conjunto, entre enero y julio las pernoctaciones de visitantes internacionales siguen siendo un 9% inferiores a los datos del año pasado, pero la tendencia a la recuperación es evidente.
En vísperas del aniversario de la devastadora tormenta, representantes del sector hotelero y las autoridades locales debaten si el mercado puede considerarse totalmente recuperado. En un encuentro con motivo del Día Mundial del Turismo, el ayuntamiento y los principales actores del sector destacaron que Valencia casi ha alcanzado los niveles previos a la crisis. Al mismo tiempo, se intensifica en la ciudad el debate sobre el futuro del turismo: ¿cómo mantener los empleos sin sacrificar la comodidad de los residentes ni la identidad única de la ciudad?
Las autoridades enfatizan que Valencia no busca atraer turismo masivo a cualquier precio. La ciudad apuesta por un visitante “de calidad”, que respete a la población local y aporte beneficios tangibles a la economía. Para ello, se están implementando restricciones al alquiler vacacional de corta duración, se refuerza el control sobre la actividad ilegal y se mantiene el equilibrio entre el parque turístico y residencial. Al mismo tiempo, la discusión sobre la introducción de una tasa turística, como en Barcelona, se pospone por ahora: el ayuntamiento no quiere entrar en conflicto con el gobierno regional ni con los grandes hoteleros.
Paralelamente, Valencia busca aliados entre otras grandes ciudades de España para promover juntos los intereses urbanísticos a nivel nacional e internacional. La administración municipal insiste: Valencia no es solo un destino de playa, sino un centro cultural y económico por derecho propio, donde los intereses de los residentes deben permanecer como prioridad. Sin embargo, la oposición acusa al ayuntamiento de tener un doble discurso: por un lado, las autoridades hablan de proteger a la ciudadanía, pero por otro, no se atreven a tomar medidas impopulares pero necesarias, como la implantación de un impuesto al turismo.
Por ahora, Valencia sigue recuperando el flujo turístico y busca el equilibrio entre el crecimiento económico y la preservación del entorno urbano. Por delante esperan nuevos retos y, quizá, cambios en el enfoque hacia el desarrollo turístico.












