
La Gran Duquesa de Luxemburgo, María Teresa, se encuentra al inicio de una nueva etapa en su vida, mientras su esposo, el Gran Duque Enrique, se prepara para abdicar. En una conversación sincera con periodistas, compartió sus reflexiones sobre los próximos cambios. La duquesa confirmó que hasta el 3 de octubre, día de la ceremonia oficial en el Palacio, continuará cumpliendo con sus funciones. A partir de ese momento, la pareja dará un paso al costado, cediendo el lugar a los herederos. Según sus palabras, no puede haber dos parejas reinantes al mismo tiempo, y tanto ella como su esposo lo entienden perfectamente.
Esta decisión no fue espontánea. La pareja la estuvo considerando durante unos tres años, sopesando todos los pros y los contras. Llegaron a la conclusión conjunta de que hay que saber retirarse a tiempo y ceder el mando a los más jóvenes. Los pensamientos sobre su hijo, el heredero el Gran Duque Guillermo, jugaron un papel especial en este proceso. En opinión de sus padres, a sus 44 años, se encuentra en la edad ideal para asumir toda la responsabilidad. María Teresa considera que no sería correcto hacerle esperar más, ya que nadie es insustituible.
El proceso de transferencia del poder se lleva a cabo en estrecha colaboración con su hijo y su esposa, la Gran Duquesa heredera Stéphanie, con quien María Teresa mantiene una cálida relación. La familia comunica mucho, procurando transmitir toda la experiencia acumulada a lo largo de los años. La agenda sigue siendo increíblemente apretada hasta la abdicación. Al hacer balance de 44 años de matrimonio, la duquesa confiesa lo difícil que fue estar siempre bajo el escrutinio público. Procedente de una familia sencilla, le resultó especialmente duro soportar la presión de la prensa y la opinión pública. Recuerda el consejo de su madre: mantenerse fiel a sí misma, y cree que ha logrado conservar su individualidad.
Su camino hacia el papel de primera dama del país lo recorrió de manera independiente, observando mucho y visitando diversas organizaciones y hospitales. La empatía y la necesidad de contacto directo con las personas se convirtieron en su guía. Siempre sintió que su vocación era ayudar y servir. Al hablar de la edad, la duquesa señala que no le teme en absoluto y que hoy se siente más feliz que hace 25 años. Considera la madurez como una bendición que permite comprenderse y aceptarse mejor. Su esposo, quien la conoce mejor que nadie, está convencido de su especial sensibilidad.
Esa profunda comprensión mutua es precisamente la base de su unión. Según María Teresa, ella y su esposo están tan en sintonía que a veces no necesitan palabras: basta una mirada. Sus despachos en el Palacio están ubicados uno junto al otro y la puerta entre ellos permanece casi siempre abierta, lo que les facilita la comunicación. A pesar de sus diferencias de carácter, se complementan a la perfección. Al finalizar la conversación, la duquesa habla con especial cariño de su esposo. Su amor incondicional y su apoyo le han dado fuerzas para seguir adelante, sin prestar atención a las críticas. Afirma sin dudar que, sin él, quizá no habría podido superar todas las pruebas. Él es el hombre de su vida, ahora más que nunca. Ve cómo su marido avanza con alegría y ligereza hacia una nueva vida en libertad tras la abdicación, y eso la llena de felicidad.











