
Cuando el cáncer irrumpe en la vida, lo pone todo patas arriba. Para una persona joven, que por naturaleza se siente casi inmortal, este golpe supone un auténtico terremoto que destruye la visión habitual del mundo. Un psicólogo clínico del hospital universitario Vithas Madrid Arturo Soria comparte sus observaciones sobre el abrumador peso emocional que recae sobre los hombros de los pacientes jóvenes.
La sensación de invulnerabilidad, la confianza en que se puede lograr cualquier cosa sin consecuencias negativas, de repente se hace añicos. Según el especialista, es en ese momento cuando los jóvenes toman conciencia por primera vez de su fragilidad y comprenden que los acontecimientos trágicos también pueden afectarlos. El mundo, que antes era un lugar seguro, se transforma de inmediato en una fuente de amenaza potencial, lo que genera todo tipo de emociones.
El mayor temor, sin duda, está relacionado con los pensamientos sobre la finitud de la vida. Para quienes apenas empiezan su camino, la perspectiva de no llegar a formar una familia, tener hijos, viajar o desarrollar una carrera profesional resulta especialmente cruel. Pero los miedos cotidianos no son menos intensos. La enfermedad interrumpe bruscamente la rutina: obliga a dejar los estudios o el trabajo por largo tiempo, surgen dificultades en la vida íntima, preocupan los cambios físicos que se avecinan y el posible riesgo de perder la capacidad de tener hijos en el futuro.
Incluso después de un tratamiento exitoso, la sombra de la enfermedad puede permanecer durante mucho tiempo. La preocupación por una posible recaída es frecuente, especialmente antes de las revisiones programadas. Esta incertidumbre alimenta la ansiedad. Sin embargo, como señalan los expertos, es posible y necesario trabajar con ello. Los chequeos regulares, la adopción de hábitos saludables como una alimentación adecuada y la actividad física, así como la realización de actividades que aporten placer, ayudan a recuperar la sensación de control y mejorar el estado emocional.
La lucha contra la estigmatización social también juega un papel importante. Para romper el muro de incomprensión, es necesario actuar en dos direcciones. Por un lado, es fundamental brindar apoyo emocional a los pacientes, reconocer sus sentimientos y ayudarles a afrontar los prejuicios de su entorno. Por otro, es necesario informar a la sociedad, proporcionando a las personas información que les ayude a comprender cómo actuar correctamente al encontrarse con alguien que enfrenta una enfermedad oncológica.
El espectro de reacciones psicológicas en los pacientes jóvenes es increíblemente amplio: desde el miedo al futuro y la ira, hasta la ansiedad y la depresión. Predomina sobre todo el temor de no llegar a cumplir sus sueños y planes, así como el miedo a cambios físicos irreversibles. El tratamiento inevitablemente afecta la apariencia, lo que impacta negativamente en la autoestima. Los demás pueden empezar a percibir a la persona no como un individuo, sino únicamente a través del prisma de su diagnóstico, poniéndole la etiqueta de «enfermo». Esto golpea dolorosamente la autopercepción y agrava una situación ya de por sí difícil.
En esta situación, las estrategias psicológicas adecuadas adquieren un papel clave. El apoyo de los seres queridos, la capacidad de valorar el presente y la continuidad de las actividades habituales, adaptándolas a las capacidades físicas, ayudan a no encerrarse en uno mismo. Es importante buscar alternativas a aquellas actividades que ya no son accesibles, hablar sobre los propios sentimientos o escribirlos. Muchos pacientes tienden a aislarse, pero esto sólo dificulta ver que la vida continúa y que es posible adaptarse a las nuevas circunstancias.
El acompañamiento de un profesional en todas las etapas del tratamiento es fundamental. Las emociones que experimenta un joven pueden ser numerosas, cambiantes y, en ocasiones, completamente nuevas para él. Hablar e identificar estos sentimientos los hace más manejables. El apoyo de la familia y los amigos es invaluable, pero la ayuda de un psicólogo cualificado es necesaria para trabajar adecuadamente el trauma. La enfermedad también afecta los lazos sociales: la baja autoestima y la inseguridad pueden llevar al aislamiento social, lo que repercute negativamente en la comunicación.
El enfoque de la ayuda psicológica debe ser individual para cada paciente, pero la edad desempeña un papel importante. Jóvenes y personas mayores se preocupan por aspectos diferentes. Mientras que a los jóvenes les inquietan el futuro, la infertilidad, las relaciones con sus amigos y la búsqueda de pareja, en el caso de las personas mayores cobran mayor relevancia la inestabilidad financiera y el bienestar de la familia.












