
Hace veinticuatro años, Begoña Barragán recibió una noticia que marcó un antes y un después en su vida. Actualmente, como presidenta de la Asociación Española de Afectados por Linfoma, Mieloma y Leucemia (AEAL), recuerda aquel periodo con una claridad sorprendente. Su historia no es sólo una experiencia personal, sino un recordatorio contundente de lo fácil que resulta ignorar señales peligrosas del propio cuerpo, atribuyéndolas al ritmo acelerado de la vida cotidiana. A pesar de que los cánceres hematológicos representan una parte significativa de los tumores en España, la gran mayoría de la población —alrededor del 82%— apenas sabe nada sobre los linfomas. Más de la mitad de los españoles ni siquiera conocen la existencia de las formas raras de esta enfermedad, lo que subraya la importancia de testimonios como el de Begoña.
En ese período, su vida estaba llena de preocupaciones. La reciente mudanza a una casa grande que requería mucha atención, el trabajo y tres hijos adolescentes le parecían razones suficientes para su constante sensación de agotamiento. A los 41 años, consideraba su estado totalmente normal para una etapa exigente de la vida. Begonia reconoce que pospuso la visita al médico hasta el último momento, cuando su salud ya era crítica. El médico de familia, tras escuchar sus quejas, ordenó análisis de inmediato, cuyos resultados encendieron las alarmas. Fue hospitalizada de urgencia y el diagnóstico llegó rápidamente, ya que su estado físico estaba muy deteriorado. Todos los síntomas —debilidad extrema, fiebre vespertina, sudores nocturnos, pérdida de peso— eran evidentes, pero ella insistía en atribuirlos a cualquier cosa menos a una enfermedad grave.
Escuchar la palabra «linfoma» fue un auténtico golpe. Begonia recuerda que el sufijo «-oma» le evocó al instante algo ominoso. Ante la pregunta directa de si era cáncer, recibió una respuesta afirmativa, y en ese momento sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Lo más doloroso no era preocuparse por sí misma, sino el miedo por sus hijos. Revivió su peor pesadilla de la infancia: su propia madre falleció de cáncer cuando Begonia tenía solo cinco años. La idea de que la historia se repitiese y dejar a sus hijos huérfanos le resultaba insoportable. Fue un momento devastador, uno de los más duros de su vida, en el que pasado y futuro se fundieron en un solo punto de dolor insoportable.
El proceso de tratamiento fue una prueba no solo para el cuerpo, sino también para el espíritu. Lo más difícil fue aceptar su propia vulnerabilidad y el hecho de que ya no controlaba la situación. Acostumbrada a organizarlo todo y tenerlo bajo control, se vio obligada a detenerse y aprender a pedir ayuda, permitiendo que otros cuidaran de ella. Años después, afirma que esta experiencia le enseñó lo más importante: saber establecer prioridades, escucharse a sí misma y comprender que la debilidad no es un defecto. Reconoció el valor de quienes permanecieron a su lado y entendió que la enfermedad, aunque cambia a la persona, no borra su identidad. Sigues siendo tú mismo, con tus sueños y tus ideas, solo que ahora ves el mundo desde otra perspectiva.
Esta transformación la llevó a encontrar su vocación. Al enfrentarse a la falta de información y apoyo, decidió fundar una organización para ayudar a otras personas en situaciones similares. Así nació AEAL. Hoy, bajo su liderazgo, la asociación no solo brinda apoyo psicológico, sino que también ofrece información verificada, asesora y defiende los derechos de los pacientes ante las instituciones médicas. Begoña destaca que, en esos momentos, una persona necesita más que palabras de consuelo: precisa herramientas concretas, respuestas y una voz firme que sea escuchada. Al mirar atrás, señala varios pilares: el apoyo incondicional de su marido y sus hijos, que fueron su principal motivación; la confianza en los médicos y el valor incalculable de compartir con quienes han vivido lo mismo. Ese sentimiento de unión, esa comprensión sin necesidad de palabras, es la base de su asociación.
A quienes acaban de recibir un diagnóstico similar, quiere decirles lo más importante: no están solos. El miedo inicial y la sensación de que el mundo se viene abajo son naturales. Pero es fundamental recordar que hay un camino por delante, y no es necesario recorrerlo en soledad. La medicina actual ofrece muchas opciones de terapia y, sobre todo, existen redes reales de apoyo. Ella aconseja confiar en los médicos, pero también permitirse sentir todas las emociones, sin exigirse lo imposible. Y recordar las palabras que una vez le dijo un desconocido en el hospital, al dejarle su habitación: «Будет тяжело, но это пройдет». Esta sencilla frase se convirtió en su mantra en los días más oscuros. Y resultó ser verdad.












