
En la localidad turística de Dénia, en la provincia de Alicante, se desarrolla la tragedia personal de una pareja de edad avanzada, Jesús y Rosa. Su historia es un claro ejemplo de cómo el deseo de ayudar puede convertirse en una auténtica catástrofe, poniendo en peligro no solo la estabilidad financiera, sino también lo más valioso: la salud. Todo comenzó con un acto de compasión: el matrimonio decidió alquilar su casa a una mujer que se encontraba en una situación difícil. Incluso accedieron a reducir considerablemente el alquiler, de 800 a 550 euros, confiando en sus relatos sobre problemas económicos.
Sin embargo, el cuento del buen gesto terminó pronto. La inquilina solo pagó los dos primeros meses y después dejó de realizar cualquier pago. Incluso se dejaron de abonar las facturas de electricidad y agua. Cuando el contrato expiró el 30 de abril, la mujer se negó rotundamente a desalojar la vivienda. Para los propietarios, ambos de ochenta años, este estrés resultó insoportable. Jesús sufrió un infarto y, a Rosa, los médicos le diagnosticaron cáncer. Su tranquila vejez se transformó en una lucha interminable por recuperar su propiedad y por sobrevivir.
La situación se agrava por un conflicto jurídico. La mujer que reside en la vivienda alega su «vulnerabilidad», lo que, en la práctica, limita la acción de la justicia y retrasa el proceso de desahucio por tiempo indefinido. Este caso ha generado intensos debates en la sociedad sobre cómo denominar a este tipo de inquilinos. Algunos expertos insisten en que se trata simplemente de una «morosa reincidente», ya que su entrada en la vivienda fue legítima, mediante un contrato. Otros, sin embargo, sostienen que el neologismo «inquilokupa» —un híbrido entre «inquilino» y «okupa», es decir, ocupante ilegal— describe mejor este tipo de casos.
Esta discusión terminológica, surgida en el contexto del drama que viven personas concretas, ha puesto de manifiesto un grave problema legal. Mientras abogados y periodistas debaten, la pareja de ancianos permanece atrapada en su propia pesadilla. La propia Rosa encuentra una palabra mucho más sencilla y, a la vez, más dura para describir la situación. En su opinión, su inquilina no es ni «okupa» ni «morosa», sino simplemente una «ladrona». Según ella, esa mujer les ha robado no solo dinero, sino todos los ahorros de su vida, invertidos en esa pequeña casa, su único patrimonio.
Actualmente, la pareja ha presentado una demanda de desalojo, pero el sistema judicial en España es conocido por su lentitud. Les recomiendan armarse de paciencia, pero cada nuevo día de espera les quita las últimas fuerzas y afecta su salud. Los expertos advierten que incluso acudir a empresas privadas de desalojo no resolverá el problema de raíz y podría agravarlo. La historia de Jesús y Rosa no es solo un caso aislado, sino una señal de alerta sobre lo indefensos que pueden quedar los ciudadanos respetuosos de la ley ante las deficiencias del sistema.












