
En Madrid, los paseos dominicales sin teléfono se han convertido en un pequeño ritual para Liliana y para mí. Decidimos que era momento de recuperar esa sensación de libertad que alguna vez prometieron las tecnologías móviles, pero que en la práctica se convirtieron en grilletes invisibles. Cada vez que salimos de casa sin el smartphone, es como desafiar el hábito de estar siempre conectados. No es tan fácil como parece: la costumbre de revisar la pantalla, deslizar por las noticias y reaccionar a las notificaciones está tan arraigada en la rutina diaria, que incluso una breve ausencia del dispositivo genera cierta inquietud.
En esos momentos, la ciudad se revela de otra manera. La atención se centra en los detalles: alguien cruza la calle, un perro pasa corriendo, surge una nueva cafetería en la esquina y, de repente, el aire trae un aroma que nos transporta al pasado. A veces, desconectarse del mundo digital provoca ansiedad, pero más a menudo es una calma inesperada. Resulta que la vida que nos rodea es mucho más intensa de lo que deja ver una pantalla.
Hábitos familiares
Liliana y yo intentamos no mostrarle a nuestra hija nuestro apego al móvil. Queremos que nos vea leyendo un libro, no atrapados en el scroll infinito. Pero cuanto más tratamos de ocultar esta dependencia, más evidente se hace: nos descubrimos revisando el teléfono a escondidas, en el baño o detrás de la puerta, como si estuviéramos haciendo algo prohibido.
Nuestra hija crece en un mundo donde el smartphone es una parte inseparable de la vida cotidiana. Nosotros recordamos una época en la que internet solo estaba disponible en el ordenador y los móviles servían exclusivamente para llamar. Para ella, la realidad digital es la única posible. Por eso intentamos mostrarle que se puede vivir de otra manera, que los dispositivos no son el centro del universo.
Experiencia en Ávila
Nuestro primer intento de desintoxicación digital fue en Ávila en 2019. Esta ciudad amurallada y con atmósfera mística parecía el lugar perfecto para experimentarlo. Dejamos los teléfonos en casa, esperando que eso nos ayudara a conectar con el presente, o tal vez con algo más grande.
Resultó que la mano iba sola al bolsillo y las vibraciones fantasma recordaban la costumbre de estar siempre conectados. Tuvimos que preguntar direcciones a los transeúntes, mirar la hora en los relojes de la torre y leer las noticias en un periódico de papel durante el desayuno. Por la noche veíamos una película en la televisión, calculando los cortes de anuncios para ir a la cocina a tiempo. Era como volver al pasado y eso tenía su encanto. Decidimos repetir la experiencia, pero cada vez costaba más apartar el pensamiento: «¿Y si pasa algo?»
Vivir entre pantallas
Hubo un tiempo en que Internet era algo aparte, accesible solo desde el ordenador. Ahora está presente en todos los ámbitos de la vida y parece que la realidad solo existe entre pantallas. Noto que me cuesta más concentrarme: basta abrir un libro para que mi mente exija una nueva dosis de información, como si estuviera en redes sociales. Cada notificación es una pequeña dosis de dopamina, y renunciar a ese flujo es más difícil de lo que parece.
Seguimos buscando el equilibrio entre lo digital y lo real. Intentamos mostrarle a nuestra hija que se puede vivir de otra manera, que las experiencias verdaderas no dependen de la cantidad de ‘me gusta’ ni de los mensajes nuevos. Pero el combate con el hábito continúa, y cada día es un nuevo reto.











