
Los pasajeros que eligen clase económica se enfrentan a un verdadero reto incluso antes del despegue. Las largas horas de espera, las agotadoras escalas y la monotonía de los aeropuertos pasan a un segundo plano cuando se trata de los asientos del avión. Estos se convierten en la principal fuente de incomodidad, perceptible desde los primeros minutos de vuelo y que no desaparece hasta el aterrizaje.
Los asientos de clase económica tienen fama desde hace tiempo de ser incómodos, pero la realidad es mucho más dura. A los pocos minutos, las piernas comienzan a doler, la molestia se extiende a la espalda y, hacia el final del viaje, la fatiga invade todo el cuerpo. Muchos pasajeros buscan cualquier posición que alivie el malestar, pero el espacio reducido dificulta incluso el movimiento más mínimo. A diferencia de los asientos de coche, en los que se puede relajar y disfrutar de cierta comodidad, los asientos de avión parecen diseñados para recordarle a uno cada centímetro de más.
Diseño contra el usuario
El principal problema es la falta de soporte corporal. La estructura de los asientos no considera las características anatómicas del pasajero: la espalda carece del apoyo necesario, los músculos se fatigan rápidamente y la circulación sanguínea se ve afectada. Como resultado, incluso un vuelo corto puede terminar con entumecimiento en las extremidades y dolores lumbares. En los casos más graves, permanecer mucho tiempo en esa posición eleva el riesgo de trombosis venosa profunda.
Los asientos se diseñan para ser lo más ligeros y compactos posible. Una fina capa de espuma, un armazón metálico o de material compuesto y un ángulo de inclinación mínimo permiten a las aerolíneas ahorrar en peso y espacio. El confort de los pasajeros queda en un segundo plano. La forma plana no respalda la curvatura natural de la columna y los bordes del asiento comprimen los vasos sanguíneos bajo las rodillas, provocando molestias e incluso entumecimiento.
Reducción del espacio
En las últimas décadas, el tamaño de los asientos ha disminuido notablemente. Si en la década de 1970 la distancia entre filas era de 86 a 89 centímetros, hoy rara vez supera los 71 centímetros. El ancho de los asientos también se ha reducido, de 46–48 a 41 centímetros. Cada centímetro disponible se convierte en un asiento adicional y, por tanto, en más ingresos para la aerolínea.
Esta reducción de espacio no solo responde al deseo de aumentar los beneficios. Las normativas de seguridad actuales exigen que los asientos soporten grandes cargas, sean resistentes al fuego y no dificulten una evacuación rápida. Sin embargo, estos requisitos no mejoran la comodidad. Como resultado, los pasajeros tienen que acostumbrarse a la estrechez y la rigidez, que se han convertido en la norma para la mayoría de las aerolíneas.
Economía y marketing
La principal razón por la que los asientos son cada vez menos cómodos es el beneficio económico. Cuantos más pasajeros se acomoden a bordo, mayores serán los ingresos de la compañía. Cada kilo extra en la estructura incrementa el consumo de combustible, y cada centímetro adicional de confort reduce la cantidad de billetes que se pueden vender. En un mercado altamente competitivo, las aerolíneas se ven obligadas a buscar maneras de maximizar sus ganancias, a menudo a costa de la comodidad de sus clientes.
Existe la opinión de que la incomodidad de los asientos no es una casualidad, sino una estrategia de marketing cuidadosamente calculada. Algunos expertos sostienen que las aerolíneas hacen deliberadamente que la clase económica sea tan incómoda para incentivar a los pasajeros a cambiarse a clases más caras. Oficialmente, nadie confirma estas declaraciones, pero la lógica del mercado lleva a esas conclusiones.
Búsqueda de soluciones
A pesar de la situación actual, los especialistas siguen buscando formas de mejorar la comodidad en clase económica. Investigadores de la Delft University of Technology, por ejemplo, proponen utilizar asientos diseñados teniendo en cuenta las características corporales individuales de los pasajeros. Nuevos materiales, estructuras de malla y la posibilidad de cambiar de posición durante el vuelo podrían transformar la experiencia de volar en el futuro.
Por ahora, la mayoría de las aerolíneas no se apresura a implementar innovaciones y prefiere soluciones comprobadas. A los pasajeros sólo les queda esperar que algún día volar deje de ser una prueba de resistencia y que la clase económica sea, al menos, un poco más cómoda.
Si no lo sabía, las principales aerolíneas de Europa, como Iberia, Vueling y Air Europa, transportan cada año a millones de pasajeros por todo el mundo. Estas compañías están adoptando activamente nuevas tecnologías para mejorar la seguridad y reducir costos, pero las cuestiones de confort en clase económica siguen abiertas. En los últimos años, están probando nuevos tipos de asientos y materiales, aunque la implantación masiva de innovaciones se retrasa debido a su alto coste y a la necesidad de cumplir estrictos estándares de aviación.












