
En Castilla y León continúa la lucha contra los grandes incendios forestales que, en el transcurso de una semana, han abarcado la zona entre las provincias de León y Zamora. El fuego se originó el domingo por la tarde, cuando se detectó el primer foco importante en las inmediaciones de Molezuelas de la Carballeda (Zamora). A finales de la semana, la superficie calcinada superaba las 30 mil hectáreas y el número de víctimas mortales ascendía a dos.
Los incendios han afectado no solo campos agrícolas y bosques, sino también espacios naturales de gran valor. En particular, el fuego alcanzó Las Médulas (León), sitio Patrimonio Mundial de la UNESCO. Alrededor de 6 mil hectáreas ardieron en torno a las antiguas minas romanas. Pese al cansancio y el riesgo, vecinos y voluntarios colaboraron con los bomberos suministrándoles agua y alimentos, además de proteger por cuenta propia sus viviendas y explotaciones.
La situación se veía agravada por fuertes vientos y altas temperaturas, así como por la falta de equipos y personal. Muchos residentes expresaron su descontento con la actuación de las autoridades regionales, señalando la falta de inversión en los servicios de extinción de incendios y la escasa preparación ante emergencias de este tipo. Bomberos y voluntarios también denunciaron la obsolescencia del material y la ausencia de condiciones básicas para desempeñar su labor.
Los incendios afectaron no solo a Castilla y León, sino también a regiones vecinas como Galicia, Asturias y el norte de Extremadura. En total, más de 100 mil hectáreas ardieron en todo el país durante el verano. En algunas localidades, como Carucedo (León), los habitantes se vieron obligados a proteger sus viviendas por sus propios medios. En otros lugares, como Congosta y Ayóo de Vidriales (Zamora), la evacuación se realizó con prisa y las carreteras quedaron cortadas por el fuego y la labor de los servicios de emergencia.
En los pueblos que se encontraban en el camino del fuego, la población sufrió la pérdida de pertenencias, la destrucción de viviendas y explotaciones agrícolas. En algunos casos, los evacuados encontraron refugio temporal en polideportivos y edificios públicos, donde se les ofrecieron condiciones mínimas de alojamiento. Se estima que más de 9 mil personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares.
Los cuerpos de bomberos, incluidas las brigadas BRIF, señalaron diferencias en el nivel de formación y equipamiento entre los servicios estatales y autonómicos. Muchos expertos destacaron la falta de personal, insuficiente capacitación y una débil coordinación entre las distintas estructuras. Esto provocó demoras en la respuesta y un uso ineficiente de los recursos.
En algunas localidades, como Losacio (Losacio, Zamora), los habitantes recordaron las tragedias de años anteriores, cuando incendios acabaron con la vida de vecinos y bomberos. A pesar de las promesas de las autoridades de compensar los daños y reforzar la protección, muchos señalaban que la situación prácticamente no ha cambiado: la falta de inversión, la disminución de la población rural y el declive agrícola siguen aumentando la vulnerabilidad de la región ante las catástrofes naturales.
Durante la semana, voluntarios y vecinos no solo colaboraron en la extinción del fuego, sino que también se apoyaron mutuamente organizando patrullas temporales y vigilando por sí mismos la seguridad de sus pueblos. Sin embargo, el cansancio y la frustración se acumulaban, y las críticas hacia las autoridades regionales se hacían cada vez más fuertes. Muchos destacaban que la falta de coordinación y la escasez de recursos fueron una de las causas de la magnitud de los daños.
Al final de la semana, la situación se estabilizó en algunos focos, pero la amenaza persistía debido a nuevos brotes en regiones vecinas, especialmente en Galicia y en el sur de Castilla y León. Los bomberos seguían trabajando en condiciones difíciles y los vecinos esperaban que pronto terminara la catástrofe y pudieran recuperar sus casas y explotaciones.
Los incendios en Castilla y León se han convertido en uno de los desastres naturales más devastadores de los últimos años en España, poniendo de nuevo en evidencia los problemas de preparación ante emergencias, la falta de inversión en zonas rurales y la necesidad de reformar el sistema de respuesta a catástrofes.












