
La agonía del dictador y una nación en vilo
La tarde del 19 de noviembre de 1975, en el hospital La Paz de Madrid, el ambiente estaba cargado de tensión. Médicos y militares se turnaban a las puertas de la habitación, conscientes de que el desenlace era inevitable. Francisco Franco, de 82 años, se encontraba en estado crítico. Afuera, periodistas y funcionarios aguardaban noticias, mientras en todo el país se ultimaban los preparativos para un funeral de Estado. Las últimas semanas del dictador transcurrieron lejos del ojo público, sin apariciones. Día a día, se hacía más evidente: una era llegaba a su fin.
En la madrugada del 20 de noviembre, el corazón de Franco dejó de latir. Los intentos de reanimación fueron en vano. Poco después, autoridades y mandos militares comenzaron a llegar al hospital. Los teléfonos en los despachos ministeriales y en los cuarteles no paraban de sonar: la escueta palabra «ya» solo podía significar una cosa—el país se había quedado sin líder.
Operación Lucero: las primeras maniobras políticas
La muerte de Franco no tomó por sorpresa a la élite. Desde hacía más de un año existía un plan detallado para este momento: la Operación Lucero (Operación Lucero). Sus objetivos principales eran evitar el caos, mantener el orden público y organizar los actos de duelo. En cuestión de horas, el cuerpo de Franco fue preparado para la despedida oficial, mientras en los pasillos del poder se debatían los nombres de quienes liderarían al país.
El príncipe Juan Carlos, que tenía 37 años, fue uno de los primeros en ser informado. Pronto, los políticos comenzaron a acercarse a él, con la esperanza de influir en la formación del nuevo gobierno. Al mismo tiempo, en el hospital se preparaban para embalsamar el cuerpo, para que pudiera ser expuesto y despedido. Se encargó a un escultor la realización de la mascarilla mortuoria, mientras los médicos trabajaban en preservar la apariencia del difunto.
Las primeras horas tras la muerte: lucha por el futuro
Mientras el país aún no sabía de la muerte del dictador, la actividad en los edificios gubernamentales era frenética. Se formó el Consejo de Regencia (Consejo de Regencia) para la gestión provisional del país. Pronto se celebrarían reuniones en las que Juan Carlos juraría el cargo y se convertiría en el nuevo jefe de Estado. En ese momento, las viejas élites intentaban mantener el control, con la esperanza de que los cambios fueran mínimos. Sin embargo, en los pasillos ya se discutían los nombres de los reformistas que pronto desempeñarían un papel clave en la transición hacia la democracia.
A las 6 de la mañana, la radio anunció oficialmente la muerte de Franco. En todo el país, la artillería comenzó a rendir honores militares. Al mismo tiempo, en el hospital finalizaban los últimos preparativos para el traslado del cuerpo a la residencia de El Pardo, donde tuvo lugar la primera ceremonia fúnebre para la familia y las autoridades más altas.
Comienza una nueva era: los primeros pasos hacia el cambio
En el edificio de las Cortes, los empleados preparaban el salón para la inminente ceremonia de juramento del nuevo monarca. En el centro de la sala colocaron la corona y el cetro, así como un antiguo ejemplar del Evangelio sobre el que debía jurar Juan Carlos. Poco después de la reunión del Consejo de Ministros, la comitiva fúnebre se dirigió a El Pardo, donde el cuerpo de Franco fue recibido con honores militares.
El funeral se celebró en un círculo muy cercano, pero ya en esas horas quedó claro: sería imposible mantener al país dentro de los viejos límites. El poder empezaba a pasar a nuevas manos, y en las calles y pasillos las voces del cambio se hacían cada vez más fuertes. España estaba al borde de una nueva época, donde el pasado aún intentaba aferrarse al presente, pero el futuro ya llamaba a la puerta.












