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Cinco maravillas cósmicas de invierno que no puedes perderte en enero y febrero de 2026

Descubre los misterios que esconde el cielo nocturno sobre el norte de EE.UU. este invierno

Las noches invernales de 2026 prometen descubrimientos astronómicos únicos. Cinco espectáculos celestes brillantes te esperan. Descubre cómo observarlos sin pasar frío.

Las noches de invierno en el norte de Estados Unidos convierten el cielo en un auténtico escenario para un espectáculo cósmico. El aire helado hace que las estrellas brillen con especial intensidad y la claridad de la atmósfera permite observar incluso los objetos más distantes. Sin embargo, para que la observación no se convierta en una prueba de resistencia, es fundamental elegir bien la ropa. Astrónomos experimentados recomiendan chaquetas ligeras pero abrigadas con capucha, pantalones térmicos y calzado impermeable. Es importante prestar especial atención a los pies: dos pares de calcetines y botas holgadas protegerán del frío incluso en las noches más crudas. Para quienes planean pasar varias horas bajo las estrellas, las botas aislantes resultan imprescindibles.

Cuando el crepúsculo da paso a la oscuridad total, algo que ocurre aproximadamente una hora y media después del atardecer, en el firmamento aparecen auténticas joyas del cosmos invernal. Durante este periodo se abren las mejores oportunidades para observar los cinco objetos más impresionantes, visibles a simple vista, con prismáticos o con un pequeño telescopio. Cada uno de ellos puede sorprender incluso a los observadores más experimentados.

Cúmulos estelares

La parte oriental del cielo en enero y febrero está adornada por la constelación de Géminis (Gemini), donde este año destaca especialmente Júpiter, que brilla como una chispa plateada entre las estrellas. Si seguimos la mirada desde Alhena hacia las menos notorias Tejat y Propus, justo un poco más arriba y a la derecha de esta última se encuentra Messier 35 (M35). En una noche despejada, este cúmulo abierto apenas es visible a simple vista, pero incluso unos binoculares sencillos lo revelan como una nube compuesta de cientos de diminutos puntos luminosos. A través del telescopio, M35 impresiona por su amplitud: parece tan grande como la Luna y deslumbra con una cascada de estrellas dispuestas en cadenas curvas. No es casualidad que se considere uno de los objetos más bellos del cielo invernal.

En el noroeste, dentro del zigzag de cinco brillantes estrellas de Casiopea (Cassiopeia), se oculta otro prodigio: el Doble Cúmulo de Perseo (Double Cluster). Si traza una línea imaginaria desde Gamma Cassiopeiae pasando por Delta Cassiopeiae, encontrará una mancha difusa. Los binoculares revelan de inmediato su secreto: son dos cúmulos abiertos, NGC 869 y NGC 884, que juntos conforman uno de los espectáculos invernales más impactantes. Ambos cúmulos abarcan en el cielo un área mayor que la de la Luna, por lo que se recomienda un aumento mínimo para su observación. En el centro de uno de ellos se distingue una estrella inusualmente roja que añade dramatismo al paisaje.

Tauro y las hermanas

Al sur, en lo alto del cielo, brilla la constelación de Tauro (Taurus), que alberga dos de los cúmulos estelares más famosos: las Híades (Hyades) y las Pléyades (Pleiades). Las Híades son el cúmulo grande más cercano a la Tierra; sus estrellas forman una figura inconfundible en forma de V coronada por la brillante y anaranjada Aldebarán (Aldebaran). Sin embargo, este gigante está en realidad mucho más cerca de nosotros que las demás estrellas del cúmulo y solo por casualidad comparte la misma línea visual. Las Pléyades, en cambio, se encuentran a 440 años luz de distancia y recuerdan a un pequeño cucharón. Para los principiantes suelen representar un enigma: a simple vista parecen una simple mancha difusa, pero con una observación atenta se revelan seis o siete estrellas brillantes, y en condiciones ideales, aún más. A través de binoculares o un pequeño telescopio, las Pléyades resplandecen como un puñado de diamantes helados sobre un fondo aterciopelado. Investigaciones recientes han demostrado que no se trata solo de las “siete hermanas”, sino de una verdadera ciudad estelar con más de tres mil astros.

Ambos cúmulos pertenecen a los llamados cúmulos galácticos, que se concentran a lo largo del plano de la Vía Láctea. En invierno, los observadores miran directamente hacia uno de los brazos espirales de nuestra galaxia, donde abundan estrellas brillantes y cúmulos. Esto convierte las noches de enero y febrero en un periodo especialmente rico en descubrimientos.

La nebulosa de Orión

Cuando Orión (Orion) asciende alto en el sureste, comienza la temporada para el objetivo más impresionante del cielo invernal: la nebulosa de Orión (Messier 42). Envuelve la estrella central de la “espada” de Orión y aparece como una mancha difusa incluso con binoculares. Sin embargo, a través de un telescopio revela un universo entero: una gigantesca nube de gas brillante que recuerda a un abanico o incluso a un murciélago fantasmal. En el interior de la nebulosa se esconde un grupo de jóvenes estrellas calientes —el Trapecio (Trapezium)—, cuya radiación ultravioleta hace que el gas brille. Los astrónomos creen que aquí nacen nuevas estrellas, y se puede observar este proceso literalmente a simple vista. Las dimensiones de la nebulosa impresionan: se extiende por 30 años luz y está a 1,500 años luz de la Tierra.

Describir la experiencia de observar la nebulosa de Orión con palabras es casi imposible. Incluso astrónomos experimentados admiten que cada vez la ven como si fuera la primera. No es solo una casilla más en la lista de observaciones, sino una auténtica ventana a la forja estelar del Universo.

Consejos para observadores

Para quienes se inician en la exploración del espacio profundo, es fundamental no solo elegir el momento y lugar adecuados, sino también preparar bien el equipo. Unos binoculares de 7 aumentos o un pequeño telescopio de campo amplio permiten apreciar la mayoría de los objetos descritos en todo detalle. Tampoco hay que olvidar el equipo fotográfico: las cámaras y objetivos modernos para astrofotografía son capaces de captar incluso las nebulosas y cúmulos más débiles. Las noches de invierno son el momento ideal para los primeros experimentos con fotografía nocturna.

El clima invernal suele sorprender, así que conviene consultar el pronóstico con anticipación y elegir la noche más despejada posible. Incluso una breve salida a la naturaleza puede ofrecer experiencias inolvidables y nuevos conocimientos sobre el Universo. Lo más importante es no olvidar la ropa de abrigo y el té caliente en un termo.

Si no lo sabía, Joe Rao es un reconocido astrónomo y profesor que imparte conferencias regularmente en el Hayden Planetarium de Nueva York. Sus artículos sobre el espacio se publican en las principales revistas científicas, y sus consejos de observación astronómica son valorados tanto por principiantes como por profesionales. Gracias a sus recomendaciones, miles de personas han descubierto el fascinante mundo de la astronomía y han aprendido a ver en el cielo nocturno mucho más que simples estrellas.

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