
A medio camino entre las animadas costas de Valencia, Alicante y Murcia, en pleno corazón de la meseta de La Mancha, se esconde una ciudad cuyo nombre rara vez aparece en las guías turísticas. Almansa. Sobre sus tejados de teja roja, como un vigía eterno, se eleva el peñasco del Cerro del Águila, coronado por una de las fortalezas más impresionantes de España. Es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, conservando la atmósfera de épocas pasadas y el recuerdo de acontecimientos que marcaron el destino del país durante siglos. A solo una hora en coche del bullicio mediterráneo, uno entra en un mundo completamente diferente, impregnado de historia y de una monumental tranquilidad.
Precisamente aquí, en estos campos, en 1707 tuvo lugar una batalla que supuso un punto de inflexión en la Guerra de Sucesión Española. La batalla de Almansa inclinó la balanza a favor de la dinastía Borbón, cambiando para siempre el panorama político de la Península Ibérica. Para comprender verdaderamente la magnitud de este episodio, merece la pena visitar el Centro de Interpretación local, situado junto a la oficina de turismo. En sus salas, las batallas cobran vida: maquetas detalladas, uniformes auténticos y documentos antiguos permiten sumergirse en los entresijos de aquel día decisivo. Para los más curiosos, se organizan visitas guiadas especiales por los escenarios de los combates, que se celebran el primer domingo de cada mes y requieren inscripción previa.
El corazón de la ciudad late en la plaza Santa María, donde se concentran los principales tesoros arquitectónicos. Aquí se alza el Palacio de los Condes de Cirat, conocido también como la “Casa Grande”, que hoy alberga el Ayuntamiento. Su sobria fachada manierista esconde un elegante patio interior con arquerías. Junto a él se encuentra la iglesia parroquial de la Asunción de la Virgen, una sorprendente mezcla de estilos, donde el portal renacentista convive con una torre campanario barroca. Paseando por las calles antiguas, como San Agustín, pueden contemplarse casas señoriales de familias nobles, como la casa de los Enríquez de Navarra, donde se firmó la capitulación tras la célebre batalla, o el palacio de los marqueses de Montortal. Muy cerca está el monasterio de las agustinas, con una portada decorada con columnas salomónicas.
Pero el principal atractivo para cualquier viajero es, sin duda, el castillo. Construido en el siglo XIV, es un ejemplo emblemático de la arquitectura militar gótica. Su torre principal, la Torre del Homenaje, alberga bajo sus bóvedas un exclusivo techo de crucería con nervaduras de piedra y ladrillo, decorado con el escudo de Juan Pacheco, marqués de Villena. Al subir a sus murallas, uno puede disfrutar no solo de una vista panorámica de la ciudad y sus alrededores, sino también sentir el peso de los siglos. A los pies de la fortaleza se extiende el centro histórico, con un laberinto de callejuelas estrechas que han conservado su aspecto medieval y el pulso de tiempos lejanos. La fortaleza puede visitarse de martes a domingo; la entrada general cuesta 5 euros y la reducida, 3 euros. El museo abre de 10 a 14 y de 16 a 19 horas; la entrada cuesta un euro y medio, pero si se presenta el ticket del castillo, el precio se reduce a un euro.
El lado gastronómico del viaje tampoco decepcionará. La ciudad ofrece establecimientos para todos los gustos: desde el tradicional Mesón de Pincelín hasta el sofisticado Maralba, galardonado con estrellas Michelin. Y para quienes estén dispuestos a una pequeña excursión fuera de la ciudad, en el municipio vecino de Alpera se encuentra la cueva Cueva de la Vieja. Sus pinturas rupestres, declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO, serán el broche perfecto para descubrir esta sorprendente región llena de hallazgos.












