
El monumental Cristo de brazos abiertos que se alza sobre Oviedo hace tiempo que se convirtió no solo en el elemento arquitectónico más relevante de la ciudad, sino también en objeto de acalorados debates. Sus imponentes dimensiones y su singular ubicación en la cima del monte Naranco convierten este monumento en uno de los símbolos más reconocibles de Asturias. Para unos, es motivo de orgullo; para otros, una excusa para debatir sobre el lugar de la religión en el espacio público.
La escultura, de 30 metros de altura y situada sobre un pedestal de cinco metros, es visible desde lejos y recuerda inevitablemente al famoso Cristo Redentor de Río de Janeiro. Sin embargo, la historia del monumento español es mucho más compleja y dramática de lo que parece a simple vista. Su aparición fue el fruto de décadas de esfuerzos colectivos, ambiciones y controversias.
Orígenes de la idea
A mediados del siglo pasado, en Asturias surgió la idea de crear algo grandioso que pudiera unir a los habitantes de la región y convertirse en un nuevo símbolo de fe. Inspirados por el ejemplo brasileño, sacerdotes y activistas locales iniciaron una gran campaña de recaudación de fondos. Durante años se llevaron a cabo acciones en toda la provincia, en las que participaron tanto feligreses como influyentes representantes del clero.
Un sacerdote carismático desempeñó un papel fundamental al lograr involucrar a miles de personas en el proyecto. Gracias a su energía y perseverancia, se consiguió reunir una parte significativa de los fondos necesarios. El terreno para la construcción fue cedido al arzobispado, lo que generó un intenso debate entre los ciudadanos. Muchos apoyaron la iniciativa, mientras que otros dudaban de la conveniencia de una inversión tan grande.
Construcción y desafíos
El diseño del monumento fue encargado a un arquitecto reconocido, y la realización, a un escultor talentoso. Los trabajos se iniciaron en talleres industriales, donde la futura estatua se ensamblaba por piezas. Luego, los elementos fueron transportados hasta la cima de la montaña, donde un equipo de especialistas se encargó del montaje final y el acabado de los detalles. Esta etapa resultó especialmente exigente debido a las condiciones climáticas y a la geografía del lugar.
La inauguración oficial tuvo lugar casi veinte años después de la colocación de la primera piedra. A la ceremonia asistieron representantes de la Iglesia, autoridades y numerosos habitantes de la región. Para muchos, ese día se convirtió en símbolo de unidad y confianza en las propias capacidades. Sin embargo, no faltaron las críticas: parte de la sociedad consideró que los recursos podrían haberse destinado a necesidades más urgentes.
Panorámicas y simbolismo
Hoy en día, la estatua de Cristo del Naranco es no solo un símbolo religioso, sino también una popular atracción turística. Desde su base se disfrutan vistas impresionantes de Oviedo y sus alrededores; en los días despejados, es posible divisar incluso la costa del mar Cantábrico. En la base del monumento se encuentra una imponente réplica de la Cruz de la Victoria, lo que le añade un profundo significado histórico.
Las rutas de senderismo que llevan hasta la cima son muy populares tanto entre los habitantes locales como entre los visitantes de la ciudad. Aunque la tierra pertenece a la iglesia, el acceso al monumento se mantiene abierto para todos. Este lugar se ha convertido en un punto de referencia para quienes buscan no solo paisajes espectaculares, sino también la oportunidad de conectar con la historia de la región.
Opinión pública
En los últimos años, el monumento ha sido centro de nuevas controversias. Algunos lo consideran parte imprescindible del patrimonio cultural, mientras que otros lo ven como un símbolo anticuado que no representa los valores actuales. Sin embargo, el flujo de turistas no se detiene: cada año, miles de personas vienen hasta aquí para ver la famosa estatua con sus propios ojos y fotografiarse frente a un paisaje impresionante.
Para Oviedo y toda Asturias, este monumento se ha convertido en una especie de marcador del tiempo. Recuerda las etapas complejas de la historia, los sueños colectivos y las discrepancias que acompañan a toda gran iniciativa. La cuestión sobre cómo debe ser la imagen de la ciudad y qué merece ser su verdadero símbolo sigue abierta.
El monumento Sagrado Corazón de Jesús, más conocido como el Cristo del Naranco, fue concebido como una respuesta a los desafíos de la época y un intento de unir a los habitantes de Asturias. Su construcción fue posible gracias al esfuerzo de miles de personas que creían en la idea de crear un nuevo símbolo para la región. Hoy, la estatua sigue generando debate, inspirando e atrayendo la atención, manteniéndose como una de las atracciones más singulares del norte de España.












