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En Cuenca más de cien «diablos» sacuden las calles en febrero

Sumérgete en el caos festivo español, donde las calles rugen y los tambores despiertan el alma, una experiencia vibrante y llena de sorpresas

Febrero en Cuenca se convierte en escenario de una celebración única e inconfundible. Cientos de personas con coloridos disfraces y enormes campanas transforman las calles en un espectáculo imposible de olvidar. Descubre el misterio detrás de este bullicioso ritual

En el corazón de Cuenca, cuando febrero apenas comienza, esta pequeña ciudad de repente acapara la atención de todo el país. Aquí, entre callejuelas estrechas y casas antiguas, estalla una fiesta que no solo altera el ritmo habitual de la vida, sino que literalmente lo pone todo patas arriba. Más de cien personas, vestidas con trajes llamativos y adornadas con enormes campanas, transforman la ciudad en un escenario donde cada sonido, cada salto y cada grito forman parte de un antiguo ritual. No se trata simplemente de una diversión: es un acontecimiento que define la identidad de los habitantes y hace que los visitantes quieran regresar una y otra vez.

Endiablada — así se llama esta tradición única, que cada año reúne a multitudes de espectadores y participantes. Durante varios días, la ciudad se llena con el estruendo de campanas y el aire vibra con energía y emoción. Aquí no hay espacio para la indiferencia: incluso las calles más tranquilas se convierten en escenarios de desfiles, bailes y un auténtico delirio sonoro. Cada año, la fiesta culmina con una celebración especial; es precisamente este final el que todos esperan durante doce meses.

Orígenes y leyendas

La historia de la Endiablada se remonta a tiempos ancestrales, donde los ritos paganos se fusionaron con las tradiciones cristianas. La festividad está dedicada a dos santos: la Virgen de la Candelaria y San Blas, en cuyo honor se celebran bulliciosas procesiones y danzas rituales. Se cree que las campanillas que llevan los participantes ahuyentan los malos espíritus y atraen fortuna para todo el pueblo. Sin embargo, detrás de esta aparente sencillez se esconde un complejo sistema de reglas y costumbres que se respetan con rigor año tras año.

Un papel fundamental en la organización de la fiesta lo desempeña la llamada Hermandad de los Diablos. Se trata de una comunidad no oficial pero muy respetada, cuyos miembros se encargan del orden, el calendario y hasta de la elección del Diablo Mayor, la persona que lidera los desfiles y vela por el cumplimiento de todas las tradiciones. Este cargo se hereda y es uno de los más prestigiosos de la localidad. Cada participante prepara cuidadosamente su propio disfraz, y las campanas se encargan a artesanos pudiendo alcanzar dimensiones impresionantes, hasta 40 centímetros de altura.

Rituales y símbolos

La característica principal de la fiesta es, sin duda, el sonido. Los cencerros sujetos a correas de cuero producen un repique tan potente que se escucha a varios kilómetros de la ciudad. Durante los desfiles, los participantes no solo caminan, sino que saltan, corren e incluso compiten entre sí en destreza y resistencia. Todo esto va acompañado de los bailes de las danzantas, quienes interpretan coreografías especiales bajo el acompañamiento de una flauta y un tambor. Sus actuaciones son una parte indispensable del ritual, aportando color y dinamismo a la celebración.

Entre la variedad de costumbres, destaca especialmente el ritual de lavado de la estatua del santo con alcohol fuerte. Este gesto simboliza la purificación y la protección contra los males, además de recordar las raíces antiguas de la fiesta. Tras los actos principales, llega el turno de los llamados paloteos: danzas con palos de madera que las chicas interpretan a cambio de dulces y regalos de los vecinos. Ya al anochecer, todos los participantes se reúnen en una mesa común para compartir el plato tradicional: cordero frito con ajo. No solo es una cena, sino un momento clave de unión y despedida hasta el próximo año.

El final y la emoción

El último día de la fiesta siempre está impregnado de una atmósфера especial. A pesar del cansancio, los participantes no tienen prisa por despedirse de este mundo bullicioso y colorido. Por la mañana, las chicas continúan recorriendo las casas bailando y con bastones, y por la tarde llega el esperado momento: la comida común, donde ya no hay disfraces ni cascabeles, solo emociones sinceras y recuerdos de los días pasados. Para muchos habitantes de la ciudad, esta celebración no es solo una tradición, sino parte de su historia personal que transmiten a hijos y nietos.

La Endiablada hace tiempo dejó de ser solo un evento local y se ha convertido en un auténtico fenómeno cultural. Ha sido incluida en la lista de bienes del patrimonio cultural, y ahora no solo llegan turistas, sino también investigadores, fotógrafos y periodistas. Cada año, la fiesta crece en magnitud, pero sin perder su autenticidad ni ese espíritu especial. Es aquí donde se puede ver cómo las costumbres ancestrales siguen vivas en el mundo moderno, reuniendo a personas de todas las edades y puntos de vista.

La Endiablada no es simplemente una fiesta, sino toda una prueba para el oído, los nervios e incluso la resistencia física. Pero precisamente ahí radica su singularidad: aquí no hay espacio para la indiferencia, y cada participante se convierte en parte de un gran y bullicioso milagro imposible de olvidar. En Cuenca lo saben: si alguna vez escuchaste ese sonido, querrás volver.

Endiablada es un fenómeno único que cada año transforma una pequeña ciudad en el epicentro de miles de visitantes. La fiesta combina elementos de tradiciones paganas y cristianas, y sus protagonistas principales —participantes con trajes coloridos y enormes campanas— crean una atmósfera inconfundible. La organización recae en la Hermandad de los Diablos y, cada año, se elige a un diablo mayor encargado de velar por el cumplimiento de todos los rituales. Declarada Bien de Interés Cultural, la celebración sigue evolucionando, manteniendo su autenticidad y una energía muy especial.

En un artículo anterior, hablamos de otro rincón insólito de Cuenca donde el tiempo parece haberse detenido. Allí, entre el silencio y antiguos grabados rupestres, los turistas buscan no ruido y diversión, sino una sensación rara de paz y soledad. Más detalles y misterios de este lugar se pueden descubrir en el reportaje «El rincón perdido de Cuenca: grabados antiguos y el silencio que todos buscan».

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