
Cuando se habla de una de las Islas Canarias, la imaginación suele evocar interminables dunas de arena y las olas turquesas del Atlántico. Sin embargo, en el interior de esta tierra abrasada por el sol se esconden lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Uno de ellos es el discreto sendero peatonal SL FV 27, que se desvía del Camino Natural principal y invita a una aventura breve pero intensamente enriquecedora. Este viaje no es solo por tierras pedregosas, sino hacia el corazón mismo de la historia y la naturaleza insular, comenzando en el enclave de Vega de Río Palmas.
Este valle recibió su nombre en el siglo XV de manos de los conquistadores normandos, sorprendidos por la abundancia de palmerales y manantiales en una zona tan árida. Desde aquí parte una pista de tierra que desciende suavemente hasta el cauce de un río seco. Al viajero lo recibe un inesperado corredor verde. La densa vegetación de palmeras canarias (Phoenix canariensis) y tarajes (Tamarix canariensis) forma un evidente contraste con el entorno. Este enclave verde es un verdadero regalo de la naturaleza, un soplo de frescura en medio del desierto rocoso, que sirve de antesala al espectáculo principal: el desfiladero granítico de Las Peñitas, uno de los rincones más fotografiados e impresionantes de la isla.
El recorrido continúa por el borde derecho del cañón, llevando al viajero a un laberinto de enormes bloques de granito. Estas formaciones rocosas son algunas de las más antiguas del archipiélago canario, no solo en este rincón de tierra. Millones de años de erosión eólica las han transformado en esculturas singulares, que cambian de color según la posición del sol. Este lugar posee una energía especial; reina el silencio, solo interrumpido por los gritos de aves rapaces. El cañón es hogar de numerosas especies de aves, lo que añade a la caminata un aspecto de observación de la naturaleza. El sendero, bien señalizado, facilita el avance y garantiza la seguridad, permitiendo así sumergirse plenamente en la contemplación de los majestuosos paisajes.
Tras atravesar la grieta de granito y pasar por la pequeña presa de Las Peñitas, el viajero alcanza el destino final de su recorrido. En la roca se refugia una diminuta ermita blanca: la Ermita de la Peña. Fue construida en el siglo XVIII por habitantes locales en honor a la patrona de la isla, la Virgen de la Peña. Este lugar está envuelto en una hermosa leyenda. Según la tradición, una pequeña estatuilla de alabastro de la Virgen María, de tan solo 23 centímetros de altura, fue traída a la isla por normandos en 1402. Durante las incursiones piratas en el siglo XVI, la ocultaron precisamente en este recóndito barranco para protegerla de saqueos. En 2007, la ermita fue declarada Bien de Interés Cultural. Su arquitectura sencilla—muros encalados de piedra y cal, estructura de nave única—destaca en el paisaje agreste, simbolizando la fortaleza de la fe y el espíritu de los isleños.
Hoy en día, este sencillo paseo se ha convertido en una de las mejores formas de descubrir el alma de la isla, oculta a los ojos de la mayoría de los turistas. La facilidad de acceso, el increíble contraste entre el enclave verde y las antiguas rocas, así como la importancia cultural y espiritual del destino final, convierten esta aventura en una experiencia breve pero muy intensa. Es una prueba de que, más allá de los populares resorts de playa, existe otra realidad donde la naturaleza y la memoria colectiva se entrelazan creando lugares únicos e inolvidables.












