
España no es solo playas bañadas por el sol y el bullicio de las grandes ciudades. En el corazón del país, lejos de las rutas turísticas habituales, Castilla y León guarda celosamente sus secretos. Allí, en la provincia de Burgos, se esconde una localidad capaz de transportar a cualquier viajero mil años atrás. Es Oña, un lugar donde el tiempo no solo ha ralentizado su curso, sino que parece casi haberse detenido, perdido entre el laberinto de calles empedradas y gruesos muros de piedra.
El principal atractivo y el verdadero corazón del municipio es, sin duda, el monumental monasterio de San Salvador. Fundado en 1011 por el conde Sancho García, este complejo se convirtió no solo en un centro religioso, sino en un auténtico panteón para reyes y nobles castellanos. Su arquitectura es una crónica viva, donde el austero estilo románico se entrelaza con el refinamiento del gótico flamígero. Al cruzar sus puertas, el visitante se encuentra en un espacio repleto de historia. Aquí reposan los sepulcros de reyes y condes, y las policromadas tumbas en la capilla mayor impresionan por su riqueza. Pasear por el monasterio es un viaje a través de los siglos: desde la sala capitular románica hasta el claustro gótico y la sacristía, que hoy funciona como museo. En ella se conservan textiles medievales únicos de los siglos X al XII, cuya preservación es considerada excepcional en Europa. No es de extrañar que este lugar haya sido sede de importantes eventos culturales, como la famosa exposición «Las Edades del Hombre», que consolidó a Oña en el mapa cultural de España.
Pero Oña es mucho más que su monasterio. Todo el casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural en 1999, es como un museo al aire libre. Paseando por sus calles se pueden contemplar antiguas casas con escudos, adentrarse en el antiguo barrio judío medieval en la calle Barruso o admirar la fachada barroca del monasterio femenino. En la plaza principal se alza la iglesia de San Juan Bautista, que reúne influencias arquitectónicas desde el siglo XII hasta el XVI. Junto a ella está la torre de San Juan, sede del singular Museo de la Resina. Esta exposición rinde homenaje al desaparecido oficio de los resineros, y desde la cima de la torre hay unas vistas impresionantes del pueblo y sus pintorescos alrededores.
Para quienes quieran sumergirse aún más en el pasado, en la calle Barruso se encuentra el Centro de Interpretación de la Edad Media. Mediante maquetas, paneles informativos y materiales audiovisuales, relata la vida cotidiana y la cultura del pueblo durante su época de esplendor. Los visitantes pueden comprender las verdaderas dimensiones del monasterio y su colosal influencia en la vida política y religiosa de todo el norte de la península ibérica. Este espíritu antiguo se percibe en cada rincón, en los elementos conservados de la arquitectura popular: viejos lavaderos, abrevaderos y antiguas puertas, testigos silenciosos de siglos pasados.
Además de su rico patrimonio histórico, Oña destaca por su privilegiada ubicación. Este pequeño pueblo se encuentra a las puertas del desfiladero del río Oca y muy cerca del parque natural Montes Obarenes-San Zadornil, lo que convierte la visita en una experiencia integral. Tras recorrer el monasterio y pasear por sus calles antiguas, es posible aventurarse por alguna de las numerosas rutas de senderismo, disfrutando de paisajes donde los bosques dan paso a montañas y valles fluviales. Este equilibrio perfecto entre cultura y naturaleza hace de Oña un destino excelente tanto para amantes de la historia como para viajeros que buscan tranquilidad y autenticidad.












