
Los pueblos de España se están quedando cada vez más silenciosos. Los agricultores que durante décadas trabajaron la tierra hoy se ven obligados a plantearse el cierre de sus explotaciones. La razón es simple: ya nadie quiere trabajar 18 horas al día solo para sobrevivir. Cada año quedan menos personas dispuestas a continuar con el negocio familiar. La mayoría de los agricultores que permanecen tienen cerca de 60 años y los jóvenes no tienen prisa por volver al campo.
En Madrid, en el barrio de Argüelles, se celebró una conferencia dedicada al futuro de la agricultura. En el encuentro se debatió cómo las nuevas normativas europeas y las dificultades económicas afectan la vida de los agricultores. Víctor Viciedo, presidente de la Asociación de Agricultores Independientes de Valencia, señaló que en los últimos años España ha perdido más de 18.000 agricultores. Según él, muchos se ven obligados a abandonar no solo sus tierras, sino también los barcos pesqueros, ya que el sector se ha vuelto insostenible.
Crisis en el mundo rural
El problema no es solo la baja rentabilidad. Los precios de los fertilizantes, el combustible y la maquinaria aumentan, mientras que los ingresos se mantienen o incluso disminuyen. Como resultado, muchas explotaciones cierran y las tierras quedan abandonadas. Según las estadísticas, solo el 4% de los agricultores en España tiene menos de 35 años. El resto son personas cercanas a la jubilación que no encuentran a quién entregar su trabajo.
El campo se despuebla a un ritmo acelerado. Se trata no solo de un problema económico, sino también demográfico. Las autoridades intentan combatir este fenómeno, pero hasta ahora sin mucho éxito. Los programas de apoyo y las inversiones en infraestructuras no logran compensar la falta de rentabilidad y las duras condiciones laborales.
Normativas europeas
Uno de los temas principales de debate fue el Pacto Verde Europeo. Según muchos agricultores, los nuevos estándares medioambientales solo complican aún más su trabajo. Las restricciones al uso de fertilizantes, pesticidas y antibióticos aumentan los costes y reducen la productividad. Por ahora, no se han propuesto alternativas que permitan mantener los ingresos.
Los críticos consideran que estas medidas hacen que la agricultura no sea rentable y alejan a los jóvenes de la profesión. Las organizaciones agrarias exigen una revisión de las normativas y más apoyo, para no ser los sacrificados en la lucha por el medio ambiente. Mientras tanto, los agricultores se ven obligados a elegir entre cumplir con las nuevas reglas o sobrevivir en el mercado.
¿Sin futuro?
Las autoridades de la Unión Europea ponen en marcha programas para revitalizar el entorno rural y prometen inversiones y mejoras en infraestructuras hasta 2040. Sin embargo, los propios agricultores se muestran escépticos. Están convencidos de que, mientras el trabajo en el campo no sea rentable, los jóvenes no volverán a los pueblos. Nadie quiere trabajar 18 horas al día solo para sobrevivir.
El problema es complejo: dificultades económicas, descenso demográfico y regulaciones medioambientales más estrictas. Todo ello conforma un rompecabezas difícil de resolver. El campo español espera cambios, pero cuándo llegarán sigue siendo una incógnita.











