
En pleno corazón del barrio madrileño de Lavapiés, se ha detenido de forma repentina la demolición de dos antiguos edificios situados en la calle Cabestreros, 1 y 3. Aquí durante muchos años funcionó el restaurante Baobab, que para los vecinos fue mucho más que un local: se convirtió en un auténtico símbolo del barrio. Tras veinte años de actividad, el restaurante cerró en 2020 después de que el propietario del edificio se negara a renovar el alquiler. El nuevo dueño es el empresario Javier González, quien adquirió ambos inmuebles por 3,5 millones de euros. Su intención es construir en el lugar un enorme hostel cápsula con 288 plazas, gestionado por la empresa SmartRental, ya reconocida por sus hoteles en la Gran Vía.
La demolición de los edificios estaba prevista para empezar en cuestión de días, pero la intervención de las autoridades municipales cambió el rumbo de los acontecimientos. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, anunció la suspensión temporal de las obras. El motivo fue una denuncia presentada por los socialistas ante la fiscalía, al sospechar que podría haberse cometido un delito contra el patrimonio cultural de la ciudad. Aunque según el plan urbanístico estos edificios no cuentan con protección oficial, el ayuntamiento ha decidido esperar el pronunciamiento del gobierno regional y de los expertos en patrimonio histórico.
Argumentos y protestas
El impulsor de la denuncia fue Antonio Giraldo, portavoz socialista en materia de urbanismo. Sostiene que estos edificios no solo son importantes para los vecinos, sino que además representan un raro ejemplo de la arquitectura urbana del siglo XVII. Según él, ya casi no quedan casas de una sola planta en el centro de Madrid, y su ausencia en el listado de inmuebles protegidos es un claro error. Giraldo subraya que, aunque los edificios lleven años abandonados, su valor histórico es incuestionable.
Los vecinos de Lavapiés no ocultan su descontento. Consideran que el barrio se está convirtiendo en un espacio para turistas e inversores, mientras la vida auténtica desaparece junto con lugares emblemáticos como Baobab. En las fachadas han aparecido carteles con el retrato de González y el mensaje: «Enemigo de Lavapiés. Especuladores fuera de nuestros barrios». Temen que el derribo provoque una nueva ola de gentrificación y expulse a los últimos vecinos de toda la vida.
Valor histórico
La protección de estas viviendas se complica porque están situadas en el centro histórico de Madrid, zona declarada Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1995. Sin embargo, los edificios en cuestión no figuran en el registro específico de construcciones protegidas. Según Giraldo, este error podría subsanarse si las autoridades deciden preservar al menos la planta baja o la fachada, ya que las soluciones arquitectónicas actuales permiten integrar lo antiguo y lo moderno.
Al mismo tiempo, representantes de otras fuerzas políticas, como el partido Más Madrid, critican a las autoridades municipales por priorizar los intereses del sector turístico. Según ellos, la concesión de licencias para construir nuevos hoteles es demasiado permisiva y las necesidades de los vecinos son ignoradas. Como ejemplo mencionan el edificio vecino La Quimera, que lleva 40 años abandonado, mientras que en el solar de Baobab se proyecta otro hotel más.
La lucha por el barrio
La situación en torno a Baobab no es un caso aislado en Lavapiés. En los últimos años, el barrio ha sufrido una fuerte presión de promotores inmobiliarios y del negocio hotelero. La empresa SmartRental, que gestionará el futuro hostal, ya posee varios grandes hoteles en la Gran Vía y sigue expandiendo su red. Además de hoteles convencionales, abren apartahoteles y colivings en varias zonas de la ciudad, incluyendo Puerta del Sol, Atocha, Chueca y La Latina.
Los activistas locales recuerdan un caso similar en la calle Valencia, donde tras el desalojo de los vecinos se construyó un hotel Ibis. Ahora temen que en Cabestreros se repita la misma historia. Según Manolo Osuna, presidente de la asociación La Corrala de Lavapiés, la demolición ya ha comenzado por el tejado y nadie sabe hasta qué punto están dañados los edificios. Teme que, si llueve, las casas puedan declararse en ruina y se derriben sin más debate.
La voz de la calle
Osuna, quien trabajó como cartero en Lavapiés durante treinta años, recuerda con nostalgia la época en que Baobab era el corazón del barrio. Según cuenta, el restaurante fue uno de los primeros locales senegaleses en Madrid y pronto se convirtió en punto de encuentro para todos, desde estudiantes hasta jubilados. Ahora, en su opinión, el barrio está perdiendo su esencia: «Antes entraba en un bar y conocía a casi todos; ahora, apenas al diez por ciento».
El futuro de los edificios de Cabestreros sigue siendo incierto. Si las autoridades regionales no reconocen su valor histórico, la demolición continuará. Sin embargo, la suspensión temporal de las obras ya ha abierto un amplio debate sobre cómo debe ser el centro de Madrid: un espacio para vivir o una vitrina más para el turismo. Mientras funcionarios e inversores discuten, los vecinos de Lavapiés siguen defendiendo su barrio y se niegan a aceptar otra pérdida.











